—Cúmplase lo que está escrito, dijo el genio.

Entonces tomó formas y vida la neblina producida por el humo, y Al-Hhamar vió levantarse ante él las montañas, la vega, y en fin, Granada tendida á lo léjos sobre las distantes colinas; el sol, cercano al ocaso, la iluminaba con sus rayos horizontales, y espesas nubes se columpiaban en los aires presagiando una tormenta.

Un hombre, cabalgando en un caballo negro, corria al galope sobre el camino que atraviesa el alto del Padul[21] en direccion á la ciudad. Su alquicel flotaba al viento, y el sol reflejaba en el bonete de acero, que rodeado de un turbante blanco, ceñia su cabeza; su fisonomía, en que se notaba el paso de sesenta inviernos, tenia una expresion semejante por lo feroz á la del lobo y por lo astuta á la de la zorra; aquel hombre iba sin duda impulsado por un grave motivo, puesto que espoleaba al bruto blasfemando, y blandiendo una larga lanza que empuñaba fuertemente en su diestra.

—¿Conoces á ese hombre? preguntó el genio á Al-Hhamar.

—Es Abu-Yshac, el más valiente de mis walis; una de las columnas del Islam, y el bravo entre mis guerreros. Mas ¿por qué abandona la alcaidía de mi castillo de Comares, mientras los nazarenos recorren la frontera, ansiando sorprendernos como el tigre africano que vaga en derredor de los fuegos de una caravana, cuando despliega sus tiendas de reposo en el desierto?

—Mira: dijo el genio extendiendo su vara mágica sobre la vision; ante tu vista va á pasar el porvenir; tú mismo te verás entre tus gentes, y mi poder te descubrirá los arcanos más profundos.

La vista de Al-Hhamar adquirió un alcance maravilloso y vió pasar ante él lo siguiente.


III.
El sueño del rey Al-Hhamar.