—Bien venido sea el sábio y el valiente. ¿Qué podrán contar las golondrinas á sus hermanas de África, cuando vuelvan huyendo de las heladas que se acercan?

—Calamidades, contestó Abu-Yshac. ¿Acaso no han visto á los leones humillados y ensalzadas á las serpientes?

Despues de esto calló, y sentándose junto al fuego inclinó la cabeza meditabundo.

—Los Zenetes son zorros miserables, exclamó el jóven walí Abul-Hassan; los Zegríes cobardes perros que ladran entre los piés del amo que los proteje. ¿Pero, por ventura, se han enmohecido nuestras lanzas porque Al-Hhamar no ha contado con ellas para acorrer á los de Murcia?

—¿Quién habla aquí de Al-Hhamar? dijo una voz sonora desde la puerta.

Los tres walíes se estremecieron al escuchar aquella voz, y se levantaron para recibir á un gallardo mancebo que adelantó hácia ellos.

Su traje resplandecia como una cascada herida por los rayos del sol, á la luz de la lámpara que alumbraba la estancia; un joyel de diamantes prendia su toca blanquísima, y su túnica y su caftan estaban salpicados de perlas; llevaba unos borceguíes de grana, labrados con oro, y su mano derecha jugaba con un venablo, mientras la izquierda acariciaba la empuñadura de un corvo y reluciente alfanje, sujeto á su cintura en una faja de la India.

Era de mediana estatura, aunque robusto y gallardo; su semblante, imberbe aún, participaba de la alegre expresion de candor del niño y de la profunda reserva del anciano; á pesar de una eterna y burlona sonrisa, se adivinaba en su hermoso semblante blanco y pálido, de hermosos ojos azules, el paso de profundos pensamientos que hacian respetable á aquel mancebo de quince años, soberbio ya, y cuyas manos, hermosas como las de una mujer, apretaban membrudas, ora la espada de los combates, ora la lanza de las sortijas.

Era este niño el príncipe Juzef-ben-A'bd-Allah, hijo menor del rey Aben-Al-Hhamar.

—¡Ah! ¡sois vosotros! dijo el príncipe dirigiéndose á los tres walíes; ¿qué haceis aquí? ¿por qué los leopardos dejan sus guaridas cuando no los llama el leon?