Un negro apareció instantáneamente tras la puerta recien franqueada, y alumbrando con una antorcha un largo pasadizo estrecho y húmedo.
Los tres africanos entraron; cada uno de ellos llevaba un puñal desnudo. Cuando hubieron adelantado algun tanto, Juzef dijo al judío:
—Cumple tu promesa.
—¿Cumplirás la tuya? dijo mirándole intensamente Absalon.
—Sí, contestó el príncipe.
—¿Aún cuando hubieras de manchar con sangre el trono de tu padre?
—Sí, por el Dios que salvó en su huida al Profeta.
—Tú lo has dicho, añadió el judío abriendo otro de los armarios, tras el cual apareció una escalera; sube, al fin guardo el mayor de mis tesoros; tu vida está en mis manos, y ¡ay si el leon insulta al lobo!
Dichas estas palabras, Absalon se perdió por la bóveda en que habian penetrado los walíes, y el príncipe subió de tres en tres peldaños, y con el corazon agitado, la escalera que se abria delante de él.