A su fin encontró una puerta; empujóla y adelantó en un retrete, en el cual se hundieron sus piés sobre una alfombra de la India; una lámpara de alabastro consumia aceite aromático y reflejaba su melancólico resplandor en paredes blancas y brillantes como el marfil, labradas con oro pulimentado; al frente, cubierta por un tapiz de púrpura, se abria una comunicacion á otro aposento y á través de ella volaba un suavísimo perfume.

—Hé aquí los judíos, observó el príncipe atravesando el retrete; miseria, pestilencia en el exterior; oro, perfumes, en los escondidos aposentos de sus rameras; la lepra á las puertas del paraíso.

Llegó al tapiz y le alzó; un nuevo aposento, más rico que el primero, deslumbró al príncipe acostumbrado á la riqueza de los retretes de la Casa del Gallo; la alfombra era de oro y seda; las paredes entapizadas de brocado; el techo de sándalo, incrustado de nácar y ébano; flores de Asia frescas y olorosas encerradas en vasos de ágata; pájaros atados á hilos de oro acurrucados en las cornisas y entre las flores, mostrando sus caprichosos plumajes; pebeteros de inmenso valor cargados de perfumes, y lámparas preciosas, en las que daba pábulo á una luz, velada por gasas trasparentes, purísimo aceite de Siracusa.

Los pebeteros difundían por la estancia un ambiente fresco y oloroso, y parecian halagar el sueño de una mujer que dormia sobre almohadones de púrpura en el fondo del aposento.

El príncipe observó rápidamente sus adornos, y se adelantó comprimiendo su corazon, que se agitaba violentamente, hasta la hermosa. Porque era muy hermosa la mujer que dormia ó fingia dormir. Descuidada, sonriendo á sus sueños, con la cabellera tendida, el seno y los brazos desnudos y deslumbrantes de blancura, á la luz opaca de las lámparas, dejando ver bajo su túnica arrollada un pié magnífico y parte de una pierna adornada con una ajorca de oro, era la más hermosa imágen del ángel de la tentacion.

Aben-Juzef se arrodilló sobre los almohadones, y fijó su mirada llena de un amor insensato en aquella purísima niña que reia y suspiraba á un tiempo, á impulsos de su recóndito y dormido pensamiento. La vista del príncipe devoraba ansiosa aquellas formas redondas, aquellos cabellos negrísimos, que lanzaban brillantes reflejos, heridos por la luz, y se tendian en largos rizos sobre el lecho, velando á medias los desnudos hombros de la dama dormida. La frente que aquellos rizados cabellos orlaban, era tersa, pura y majestuosa como la de una sultana; dos cejas perfectamente arqueadas coronaban dos ojos, que aunque dormidos, lanzaban rayos de un fuego intenso á través de sus entreabiertas y sedosas pestañas, y sobre sus mejillas, á quienes hubieran robado envidiosas su blancura la azucena, y la rosa su leve carmin, se suspendian dos lágrimas tranquilas. La pureza de sus húmedos y rojos labios, revelaba á una vírgen, y la suave dilatacion de su seno, enamorados pensamientos.

Aben-Juzef, pálido y tembloroso de emocion, acercaba insensiblemente su bello semblante al semblante de la hermosa: sentia su aliento impregnado de ambrosía, cada vez más cercano, más ardiente: toda su ambicion, todo su porvenir estaban allí.

La dama despertó levantándose sobre su lecho como al impulso de un poder invisible.

—¿Quién ha entrado aquí? dijo Betsabé; la hija del gran rio quiere dormir tranquila; yo oia cantar los pájaros de mi país, y mis plantas pisaban los alcázares de mi padre; ¿quién ha venido á turbar mi reposo?

El príncipe se volvió; Betsabé de pié envuelta enteramente en su túnica de finísimo lino, estaba delante de él, mal despierta aún, arrojando á su espalda con sus pequeñas manos, sus largísimos cabellos.