—¡Ah, eres tú! ¡lumbre de mis ojos! exclamó al reconocer al príncipe; tambien soñaba contigo; te veia pasar, ginete en un caballo negro y rodeado de una brillante córte; llevabas en la frente una corona; pendiente del costado una espada de oro. Junto á tí cabalgaban, inclinando su frente respetuosa, wasires y kadies y los alféreces conducian delante tu bandera de rey: el pueblo te seguia victoreando y sobre todo esto brillaba un sol resplandeciente. ¡Qué hermoso estabas!

—Betsabé, contestó el príncipe, esta es la primera vez que al lenguaje de nuestros ojos se une el de nuestras bocas, y me hablas de tronos; antes, cuando yo dormia tranquilo sin conocerte, cuando veia sin conmoverme las mujeres de mi pequeño harem, cuando los más ricos mercaderes me mostraban en vano los encantos de sus esclavas, ¡qué feliz era! ¡amaba á mis hermanos, amaba á mi padre!

Betsabé se dejó caer sobre los almohadones.

—¡Y ahora no eres feliz, alma de mi alma!

El príncipe palideció.

—No, dijo, tu amor me mata. Si yo hubiera podido creer que tu serias mi señora y yo tu esclavo.... hubiera huido de tí. Ya no es tiempo de retroceder; no, aunque tuviera delante de mí el puente Sirat, con todo su fuego eterno.

Betsabé lanzó una radiante mirada al príncipe.

—¡Oh si tú supieras...! le dijo: mira, y le mostró su pié sujeto por la ajorca á una gruesa cadena de oro fija en el pavimento junto al lecho.

El príncipe miró asombrado á Betsabé.

—Yo te amo, dijo la vírgen, condensando cada vez más su amorosa mirada, y todo lo espero de tí.... pero es necesario luchar.... ¿tienes valor?