—¡Seré un murciélago! contestó Betsabé, que se dejó caer aterrada en el divan.

El príncipe soltó una larga carcajada al escuchar tal respuesta; tan ridículo le parecia que aquella gentil hermosura pudiera trasformarse en el ave símbolo del horror y compañera de las tinieblas.

—¡Oh, no te burles, príncipe mio! continuó Betsabé, cuyos ojos se llenaron de lágrimas; si esa torre maldita se levanta sobre la sima, me trasformaré en un negro y miserable murciélago.

La risa del príncipe aumentaba á medida que la jóven formalizaba más y más su terrible profecía.

—Mira, añadió Betsabé rasgando su túnica y mostrando al jóven parte de su hermosísima espalda, mira.

Por esta vez la risa del príncipe se cortó como por encanto, y la expresion del estupor y de la repugnancia, se pintó en sus ojos; en el nacimiento de aquella blanquísima espalda, se marcaba vigorosamente una mancha negra; aquella mancha se desplegó un tanto, agitóse y dejó ver al príncipe dos sutiles y pequeñísimas alas de murciélago.

Juzef retrocedió involuntariamente é invocó á Allah; Betsabé habia dejado de ser para él un objeto fascinador, el fragmento de la nocturna ave cuadrúpedo, le habia hecho olvidar la dulce mirada de la vírgen esclava.

—¡Ya no me amas! exclamó Betsabé cubriéndose el rostro con las manos y dejando oir sus sollozos.

El príncipe guardó silencio.

Aquella mujer misteriosa se levantó y mirando fijamente al príncipe rasgó sus vestiduras y mesó sus cabellos.