—¡Ah! exclamó; ¡pereciera el dia en que nací, y la mano de Jehová hubiera cubierto la noche en que en torpe sueño fuí concebida! ¡Nunca el sol hubiera dorado con sus rayos mi cuna de maldicion, ni el pecho de una mujer hubiera alimentado á la hija de misterio! ¡Nunca mis ojos se hubieran abierto á la luz si sombra profunda y noche de duelo han de cubrirme con los siglos!
Su rostro tenia una sublime expresion de dolor, y de su frente purísima parecia irradiar una pálida aureola. Ante aquella sobrenatural hermosura, el príncipe vaciló y la conmocion llenó de lágrimas sus ojos.
—¡Oh! prosiguió Betsabé; ¡buitres devoren mi corazon, si el amado de mi alma me deja! ¡Séquense mis ojos, si no han de ver su gentileza! ¡Sueño profundo cubra mi alma, y desaparezca mi cuerpo, como la niebla de la mañana, si él no apaga la sed que me devora!
—¡Betsabé! ¡Betsabé! exclamó el príncipe asiendo una mano de la desconsolada hermosura, si tú me amas y mi amor te es tan precioso ¿á qué es ese llanto? ¿no te amo yo como la palmera ama al sol, el arroyo al lago y la tórtola á su nido?
Betsabé fijó su mirada radiante de esperanza y de amor en Juzef.
—Pues bien, dijo, si me amas, rompe el sortilegio que me encadena á un porvenir horroroso; haz que esas asquerosas alas caigan de mi espalda y seré tu esclava; mi poder te protegerá; yo seré siempre jóven y cada dia aumentará nuevo encanto á mi hermosura; morarémos en alcázares de cristal y pisarémos alfombras de flores, serémos eternos como el porvenir y nos envidiarán desde su alto asiento las estrellas.
—¿Y puedo yo contribuir á tanta felicidad? la preguntó admirado el príncipe.
—Sí.
—¿Cómo?
—Jurando por tu espíritu no amar á nadie más que á mí; ser insensible á todo lo que no me pertenezca, vivir por mí y para mí.