—Pues bien.... murmuró Juzef, lo juro.

—¿Me aceptas por esposa, sea cualquiera mi sér mujer ó genio, ángel ó demonio?

—Sí.

—Acércate, esposo mio, dijo Betsabé, ciñendo el cuello de Juzef y estampando un beso en su frente.

VIII.

El jóven creyó morir; los labios de la jóven habian abrasado su sér y una nueva vida llena de ambiciones desconocidas y terribles hacia latir su corazon; creyó verse en la cumbre de una altísima montaña, y que á sus piés se extendian los continentes de la tierra ceñidos por los abismos del mar; á su lado Betsabé le estrechaba dulcemente entre sus brazos, y posaba en él la intensísima mirada de sus negros ojos, mientras en su pequeña y lindísima boca vagaba una sonrisa de amor. Parecióle que el mórbido brazo de la hermosa se tendia sobre el dilatado hemisferio, y que su voz dulce y tentadora le decia:

—«¿Qué quieres de cuanto el aire baña, la tierra ostenta ó azota el mar?»

Juzef sólo queria el amor de Betsabé, pero sin fin, como el inmenso espacio que se mostraba ante sus ojos.

La vision duró un momento; Juzef volvió á mirar en torno suyo el retrete de la casa de Absalon, con sus lámparas veladas por gasas, sus pájaros dormidos entre flores, y la hermosísima esclava recostada con indolencia en el divan.

—Mira, le dijo sonriendo Betsabé, la marca terrible de mi encanto ha caido de mi sér; y le mostró con las extremidades de sus bellísimos dedos las pequeñas alas de murciélago, que Juzef habia visto algunos momentos antes sobre sus espaldas.