—Quémalas en aquel braserillo, añadió Betsabé señalando uno de los perfumeros.

El jóven tomó con repugnancia aquel negro despojo y le arrojó al fuego; levantóse una llama azulada y quedó reducido á negra ceniza.

—¿Ves algo en el braserillo? continuó Betsabé.

El príncipe revolvió la ceniza, y entre ella encontró un anillo de esmeralda, al rededor del cual estaba grabada la cifra cabalística de Salomon.

—Dame esa sortija, dijo Betsabé.

El príncipe se la entregó.

Un color febril subió á las mejillas de la jóven, y una exclamacion de insensata alegría, rebosó de su corazon.

—¡Oh! gritó: ya eres mio, miserable Absalon; estaba escrito y se cumplió: ¿quién más poderoso que yo? apagaré mi sed de venganza y mi sed de amor. Venid, hermanas mias; venid y alegraos: el sol de nuestra vida vuelve á brillar más hermoso que nunca.

IX.

En aquel momento, por el ajimez que habia dejado abierto el príncipe, penetraron tres horribles y enormes murciélagos, que revolotearon al rededor de Betsabé.