El príncipe estaba atónito: Betsabé tendió su mano hácia los murciélagos y dijo:
—¡Hermana mia, Djeidah, ven!
Uno de los murciélagos se posó sobre la mano de Betsabé y batió impaciente sus alas.
—¿De dónde vienes? le preguntó la jóven.
—Del castillo de Comares, contestó el murciélago en un acento lleno de suave languidez.
—¿Qué has encontrado en él?
—Mi prometido.
—¿Te conoce?
—Me ha visto en sueños.