—Me idolatra.

—Por el poder del anillo del gran Salomon, que pongo sobre tu cabeza, vuelve á tu sér, hermana mia.

Al decir esto, Betsabé puso sobre la alfombra al murciélago que se trasformó en una nube blanquísima; la nube se elevó hasta cierta altura, tomó formas y se convirtió en una mujer hechicera.

La admiracion del príncipe tocaba á su colmo: Djeidah hubiera podido pasar por la doncella más hermosa del mundo, si no hubiera existido Betsabé; sus cabellos rubios y larguísimos caian sueltos sobre su espalda; el arco de sus cejas era perfecto y sus grandes ojos azules tenian una expresion de languidez irresistible. Cubríala una túnica blanquísima y entre sus anchos pliegues se marcaban sus formas redondas y voluptuosas. Djeidah se recostó muellemente sobre el divan y Betsabé llamó á otro de los murciélagos.

—¡Hermana mia Zahra, ven!

El segundo murciélago se posó como el primero en la mano de Betsabé.

—¿Dónde has estado? le preguntó esta.

—En la fortaleza de Guadix, contestó con voz sonora el murciélago.

—¿Qué has hecho allí?

—Guardar el sueño á mi prometido.