—¿Te conoce?
—Sí.
—Me adora.
—Por el anillo del poderoso Salomon, vuelve á ser lo que eras, hermana mia, murmuró Betsabé poniendo sobre el divan al negro murciélago.
Un instante despues una jóven y apuesta doncella fijaba una profunda mirada en el príncipe Juzef: á pesar de ser muy hermosa, la expresion de sus ojos pardos y centelleantes era sombría y fija; su hermoso entrecejo se fruncia de una manera terrible, y sus labios purpúreos estaban orlados de una sonrisa cruel; pero esta expresion desfavorable duró sólo un momento: su frente apareció tersa, sus ojos retrataron la paz más profunda y en su pequeña boca apareció una sonrisa candorosa; apartó con sus manos, que parecian hechas de alabastro, los negros y larguísimos rizos que cubrian en parte su semblante teñido de un leve matiz moreno, y se sentó en el divan junto á Djeidah, cubriendo sus piés con la falda de su ancha túnica de escarlata.
Revoloteaba aún en torno de la cabeza de Betsabé el tercer murciélago.
—¡Hermana mia Obeidah, dijo Betsabé tendiendo de nuevo su mano, ven!
El murciélago se posó en ella.
—Vengo del alcázar de Málaga, dijo con una voz dulcísima.