Entonces Betsabé tocó con el anillo la cadena de oro que sujetaba su pié.

—Rómpase el signo de mi esclavitud, exclamó.

La cadena se rompió en mil pedazos.

—¡Ya soy libre! gritó Betsabé, saltando hasta el sitio en que el príncipe contemplaba inmóvil de asombro tanta maravilla; ¡ya soy reina! hermanas mias, levantaos.

—Tengo sueño, contestó Djeidah, dilatando su linda boca en un largo bostezo.

—Siempre perezosa, murmuró Betsabé; y tú Zahra, ¿has olvidado tus noches de dolor, que así reposas cuando hemos menester todo nuestro esfuerzo para la última prueba?

—Sí; contestó agriamente Zahra dirigiéndose á Djeidah y Obeidah; esforcémonos, hermanas mias, para que nuestra hermana Betsabé logre los amores de su bellísimo príncipe; ayudémosla para que despues nos trate como esclavas.

Betsabé se mordió los labios impaciente y se dirigió á Obeidah.

—Tengo hambre, dijo esta, fijando su mirada indiferente en su hermana.

—¡Oh! sois las mismas exclamó con despecho Betsabé; y en verdad que he hecho mal en acordarme de vosotras, para arrancaros de vuestra cautividad; tu pereza, Djeidah, te hace merecedora á que te dejen dormir arropada con tus negras alas en el oscuro rincon de unas ruinas; tú, Zahra, envidiosa y cruel, no debias volver á ver el sol; y tu glotonería, Obeidah, sólo debia ser satisfecha con los insectos que encontrases en tu vuelo nocturno.