—Pues bien, para eso es necesario luchar. Cuando veníais á visitarme cerniéndoos sobre vuestras alas de crespon, erais más razonables y más humildes; me deciais con el acento de la desesperacion: «Hermana Betsabé, arráncanos de nuestro estado, y te obedecerémos; vuélvenos á nuestro sér, y serémos tus esclavas.» Pues bien, el destino ha puesto en mis manos ese poder, y sois otra vez jóvenes y hermosas.
Betsabé se detuvo para dar más prestigio á lo solemne de sus palabras.
—¿Y qué hemos de hacer? contestaron á la vez las tres mujeres en el colmo de la humildad.
—Abajo hay tres osos salvajes que es necesario domesticar. ¿Decís que os aman los walíes?
—Sí, dijeron las tres.
—Pues bien, amadlos vosotras, ó á lo menos fingidlo.
—Abu-Yshac es viejo, feo y avaro, dijo Djeidah haciendo un mohin de disgusto, y si me abandonas á él sin poder, me tratará como á sus etíopes, y me venderá si hay quien le dé por mí cien doblas de oro.
—Abu-Abdalá, dijo á su vez Zahra, es soberbio y me mirará como una esclava.
—Abul-Hassan, murmuró Obeidah, es iracundo y celoso, y me azotará como á sus perros.
—¡Por el ángel Leviatan! gritó colérica Betsabé, ¿quién os ha hecho pensar, descontentadizas hermanas, que yo os abandonaré? ¿Acaso puedo yo subir al cielo de mi amor sin vosotras que sois mis alas? ¿A qué rebelaros contra vuestro destino? ¿No ha dispuesto él que guardaseis el sueño de esos tres hombres y les presentaseis visiones tentadoras, como ha dispuesto que yo ame al hijo de un rey?