—Pues bien, observó Zahra, matemos á esos tres hombres.

—Guardaos bien de hacerlo, dijo Betsabé; sin ellos, ¿quién haria perecer al hombre destinado á edificar la torre de los Siete Suelos?

El príncipe que presenciaba absorto esta terrible conversacion, se estremeció de piés á cabeza, y creyó llegada su hora cuando Zahra contestó:

—¿Y para qué guardas á tu príncipe? ¿Acaso no es hijo de ese hombre, y no puede llegar cuando quiera hasta lo más reservado de su haren? ¿Acaso no hay tósigos y puñales?

—El pueblo nunca elige por rey á quien ha asesinado á su padre, y para fijar nuestro porvenir es necesario que yo sea sultana. Meditadlo bien; un año vuela con la velocidad del huracan, y si ese año pasa sin que haya muerto Al-Hhamar... ¡ay de nosotras!

Las tres jóvenes miraron irresolutas á Betsabé; esta estaba á punto, irritada por su obstinacion, de volverlas á trasformar por castigo en murciélagos.

—¿Os resolveis? gritó: sí ó no.

—Sí, contestaron con voz quejumbrosa las tres.

Entonces Betsabé se volvió al príncipe.

—Amado mio, dijo, vas á ver lo que ningun mortal puede contar; ¿quieres que traiga aquí los arcángeles del sétimo cielo? ¿Por qué la luz de mis ojos está tan triste?