Juzef tomó una mano de su amada, y la estrechó entre las suyas.

Betsabé describió un círculo en el suelo con el anillo, murmuró algunas palabras misteriosas, y añadió con voz potente:

—¡Espíritus que escuchais mis conjuros, esclavos de mi poder, salid á luz!

X.

Del centro del círculo trazado por Betsabé, salieron tres genios horrorosos. Tras cada uno apareció una comitiva de esclavos de ambos sexos, cubiertos con vestiduras deslumbrantes de riqueza. Pajes de rubias guedejas conducian en azafates de oro túnicas espléndidas y joyas de inestimable valor. Diez guerreros árabes cubiertos de hierro acompañaban á cada servidumbre.

—Genios, dijo Betsabé dirigiéndose á ellos; os entrego mis hermanas. Llevadlas á mi alcázar, y haced cuanto deseen. Cuando luzca el cercano dia, hacedlas subir á cada una en un palanquin; que las acompañen las esclavas cubiertas con velos, y los esclavos arrojando bolsas de ámbar llenas de oro á las gentes que se detengan á mirarlas: detrás de cada una irán diez árabes armados, jinetes sobre caballos superiores á los de Persia. Vosotros invisibles, protegereis á mis hermanas. Djeidah entrará en Granada por la puerta de Bib-Lachar, Zahra por la de Bib-Ataubin, y Obeidah por la de Bib-Elvira. Todas irán al coso de Bib-Rambla, y se colocarán en el sitio destinado en los miradores para las princesas. Id, hermanas mias, id.

Cada una de las jóvenes desapareció con su comitiva á través del círculo trazado por Betsabé, y que se cerró tras ellas.

XI.

El retrete volvió á su silencio; Betsabé se dejó caer en el divan, con el abandono de quien se entrega al descanso despues de una larga lucha; su hermoso seno se levantaba dilatado por su fatigada respiracion y sus ojos mostraban la suave y satisfecha languidez resultado de su triunfo. Habia logrado en fin romper un eslabon de la cadena de su destino funesto, y sonreia de antemano á un porvenir halagador, rico de locas esperanzas y de deseos delirantes; el color de la púrpura teñia sus mejillas, y su sér se estremecia lleno de una felicidad infinita, cuando contemplaba ante sí al apuesto y hermoso Juzef, cuyo juvenil semblante ostentaba toda la reflexion que le hacia á veces superior á su edad.

Betsabé se adormecia saboreando su ambicion satisfecha, y una sonrisa de dicha inefable la embellecia hasta el punto de hacer imposible toda comparacion con sus encantos.