Pero el príncipe no la veia, ó por mejor decir, nada veia de cuanto le rodeaba; creíase entregado á un sueño: ¡tan incomprensible era para él cuanto habia acontecido en su presencia!

A pesar de estar iniciado en los misterios que acompañan la existencia de las hadas, las perís, los genios y los vampiros, incrédulo en esta parte como en religion, espíritu inquieto que á todo pedia razones y que no creia en más que en aquello que veia ó tocaba, siempre habia juzgado los genios y las hadas, los hechiceros y los vampiros, creaciones de charlatanes ó de cerebros enfermos; pero entonces no habia lugar á la duda; habia visto, habia tocado; recordaba que un objeto punzante habia herido sus carnes, que dos labios ardientes se habian posado sobre la herida, y que al contacto de aquellos labios una sensacion dulcísima y desconocida habia llegado hasta la médula de sus huesos. Además, ¿no se sentia arrastrado sin fuerza ni voluntad á aquella mujer, como la mariposa á la luz, como el girasol al astro del dia, como la sensitiva á su compañera? ¿No sentia en su alma parte del alma de aquella mujer en la cual moraba la mitad de la suya? ¿Seria acaso Betsabé uno de los horribles vampiros, de que habia oído hablar su nodriza, que toman las formas de una mujer seductora para devorar más á su salvo á su víctima?

Esta horrible sospecha se posó sobre el espíritu de Juzef y le oprimió, le abrumó, le quemó como un raudal de hierro derretido. Sufria y temblaba; pero si aquel sufrimiento y aquel terror hubieran dejado de existir, su corazon hubiera estado roto en mil pedazos.

Nada existia para él fuera de Betsabé; la amaba mujer ó vampiro, ángel ó demonio; pero su amor era frenético, insaciable, sobrenatural.

Entre tanto, la seductora belleza le fascinaba más y más con su mirada, que lanzaba torrentes de amor; sus ojos dilatados, húmedos, brillantes, hubieran enloquecido al morabhita más abstraido en la contemplacion de las grandezas de Dios, y más olvidado de las fragilidades humanas.

Betsabé leia en el pensamiento de Juzef como en un libro abierto; era testigo de los sufrimientos del príncipe, y contemplándose causa de ellos, saboreaba el placer infinito de la mujer que ama y conoce la abnegacion del amor de su amado; si el príncipe lo habia olvidado todo por ella, ella no tenia pasado junto á Juzef, ni más presente ni más porvenir que él.

Largo tiempo estuvieron los jóvenes contemplándose en silencio. Las últimas estrellas, mostrándose á través de la ventana en el cielo ya despejado, subian lentamente á lo alto del firmamento; una dudosa faja lamia la lejana cumbre del Veleta; y el gallo madrugador entonaba su canto matutino.

Al primer canto del gallo, Betsabé se levantó, y dirigióse con paso seguro al ajimez.

—Ya viene el dia, dijo, la luna huye del sol, y pronto su rayo de oro bañará tu hermosa frente, amado mio. Ya veo á mis hermanas rodeadas de sus esclavas que las cubren de magníficas vestiduras. Los palanquines las esperan. Hoy va á ser un dia de triunfo. Y entre tanto, ¿qué hará el elegido de mi alma?

—Estar á tu lado, gacela mia, contestó el príncipe, acercándose á Betsabé, y rodeando su reducido talle con un brazo tembloroso.