La jóven apartó suavemente el brazo de Juzef y le mostró algunos objetos informes, que se dejaban ver desde el ajimez perdidos en la sombra de la oscura calle: eran los arqueros de la guardia negra que el príncipe habia mandado á Maksan le siguiesen.

—¿Y para qué son esos esclavos? le preguntó Betsabé.

—¡Ah! lo habia olvidado, contestó el príncipe: ¡es necesario que seas reina.....!

—¿Y para qué te han acompañado hasta aquí los tres walíes?

El príncipe pasó la mano por su frente que abrasaba con un calor febril.

—¡Oh, esos hombres! ¡esos hombres! es verdad; son tres esclavos rebeldes.

—Pues bien, es necesario que esos hombres levanten una bandera contra Al-Hhamar, antes de que el sol que va á aparecer bañe sus cabellos en los mares de Occidente.

—¡Oh! ¡todo para tu ambicion! ¡nada para mi amor! exclamó el príncipe fijando su insensata mirada en Betsabé.

—Silencio, dijo esta poniendo su pequeña mano en la boca del príncipe; alguien se acerca.