XII.
En efecto, levantóse el tapiz que cubria la puerta del retrete y apareció en el umbral el judío Absalon.
Al ver á la jóven junto al ajimez, libre de la cadena que la sujetaba al divan, la palidez de la muerte cubrió su semblante, y sus carnes se estremecieron de terror, que se hizo más y más perceptible á medida que Betsabé se aproximaba á él; quiso huir, pero un ademan imperioso de ella le contuvo á su pesar.
Los ojos de aquella incomprensible mujer, fijos sobre el judío, tenian una extraña expresion; su entrecejo estaba fruncido y la sonrisa de sus labios era cruel; Absalon tenia fija su mirada en la alfombra, su cabeza notablemente inclinada y sus brazos cruzados sobre el pecho. Su agitacion era cada vez más sensible y todo en él indicaba miedo y humildad.
—¿Desde cuándo, dijo al fin Betsabé, el buitre se humilla ante la alondra? ¿Por qué tiemblas, mi señor? ¿acaso no soy tu esclava?
La voz de Betsabé era opaca; sus palabras acentuadas penetraban una á una en el corazon del judío.
—¡Perdon! dijo con voz trémula arrastrándose á los piés de la jóven..... no he sido yo..... yo no he hecho más que obedecer á un poder superior.
—¡Vil verdugo de mujeres! exclamó Betsabé en un acento concentrado, ¡miserable mercader de sangre humana! ¡átomo ruin que piensas dominar los decretos del destino! ¡arrástrate, arrástrate á mis piés!
—¡Perdon! murmuró con voz sofocada el judío.
—¡Perdon! Tanto valiera que pretendieras ablandar con tu llanto de cocodrilo la piedra negra que Dios envió á Abraham con el arcángel Gabriel. ¡Oh! ¡yo tambien me he arrastrado ante tí pidiéndote compasion; tambien yo he bañado con lágrimas tus piés, y has sido tan inflexible como yo ahora que besas la orla de mi túnica! ¿Sábes tú, miserable, los raudales de odio que llena el corazon de un prisionero para su verdugo? ¿Sábes tú lo que es pasar las noches sin sueño, esperando siempre que aparezca el dia de la libertad y de la venganza?