Las manos de Betsabé jugaban entre tanto con la sortija de esmeralda de Salomon; el judío miraba fascinado el terrible talisman.

—¡Qué dulce es, Absalon, continuó ella, derramar gota á gota nuestro odio sobre la cabeza que nos lo ha inspirado! Se derrama lentamente como se ha adquirido; se goza en la agonía del terror del que nos ha aterrado: ¡oh! ¡por el Dios de Abraham y de Ismael! suplica á ese poder superior á quien obedeces. ¡Miserable poder! ¿qué mal habia hecho yo para que así me sepultárais en las desventuras y en la desesperacion?

Absalon unió su rostro al pavimento.

—Sí; era hermosa, y él era repugnante; me amaba y yo le aborrecia; vengóse de mi desden y me entregó en tus manos: pues bien, el destino te ha puesto en las mias; desde hoy probarás lo que es vivir en la soledad y en las tinieblas; sentir un alma divina en un cuerpo monstruoso; tener el corazon lleno de lágrimas, y devorarlas sin que nadie las vea correr ni las enjugue.

—Pero tú serás generosa, Betsabé, exclamó el judío; si me he visto obligado á retenerte cautiva, en cambio ¿no has sido servida como una reina? ¿no te he rodeado de todo cuanto puede ser grato á una mujer? Perfumes, flores, pájaros, alfombras, han venido para tí de las tres partes del mundo. Cuanto una sultana puede pedir á su capricho lo has tenido. Cuanto hay de espléndido y deslumbrador te ha rodeado; y si hubiera podido, hubiera arrancado de tu horóscopo el signo fatal que cubre tu nombre en el libro del destino.

Betsabé meditó un momento; el judío dió cabida á una débil esperanza.

—¡Oh! es verdad, observó Betsabé, nada de cuanto grande y hermoso sueñe el capricho de una mujer, ha estado léjos de mí; has embellecido mi cárcel, como se embellece la jaula de un pájaro de rico plumaje para venderle mejor; mis cadenas eran de oro, ¡pero siempre cadenas! Sin embargo, sólo á un precio puedes comprar mi compasion.

—Pide, dijo anhelante Absalon.

—¿Sábes que puedo sepultarte en el abismo, sólo con quererlo?

—Sí, contestó trémulo el judío.