—¿Sábes que puedo condenarte á un hambre y un frio eternos?
—Sí, añadió aterrado el miserable.
—¿Que puedo reducirte á polvo como á esta porcelana?
Y Betsabé arrojó furiosa al suelo un magnífico jarron en cuyo pedestal se apoyaba.
—¡Perdon! gritó el judío pálido de espanto.
—Tú, sábio hebreo, prosiguió Betsabé, conoces la virtud de las yerbas; tienes filtros para enloquecer y para matar, tósigos que hielan la sangre sin que quede vestigio en la víctima; que abrasan el corazon y hacen saltar los ojos de sus órbitas; brebajes dorados y trasparentes como el vino, fragantes como la mirra y el aloe, dulces como el maná que Dios arrojó en el desierto sobre tu pueblo. Siempre llevas contigo algun pomo que encierra la muerte, y yo le quiero.
Absalon fijó en la jóven una mirada en que se retrataba la irresolucion.
—Si me das ese filtro, continuó Betsabé, en vez de convertirte en un reptil hediondo, en vez de entregar tu corazon á un fuego sin fin y tu alma á una agonía lenta y sin esperanza.....
El judío hundió la mano entre los pliegues de su hopalanda, y mostró á Betsabé un pomo de oro.
—Te condenaré al mismo suplicio que me has hecho sufrir, continuó Betsabé, arrancando el pomo de las manos del israelita. ¡Absalon! añadió tocándole con la esmeralda cabalística; ve á ocupar el sitio que yo he ocupado siete años; aprisiónete la cadena que me ha aprisionado; sírvante los esclavos que me han servido, y permanece así hasta que mi poder te haga libre.