Absalon se dirigió vacilante al divan y cayó sobre él aletargado, mientras Betsabé desprendia un tapiz de Persia pendiente del techo, que ocultó tras sus pliegues al divan y al judío.
XIII.
—¡Quién se opondrá ahora á nuestro amor! dijo Betsabé ocultando el pomo en su seno y rodeando sus brazos al cuello de Juzef; ven, amado mio, esposo mio. Te llevaré á mi alcázar, y te daré un arnés duro como el diamante y un caballo hijo del aire. Tú serás hoy el mejor caballero de Granada; los más fuertes caerán en el polvo al tocarlos tú, y las más hermosas quedarán cautivas en tu amor, que yo sola gozaré. ¡Qué hermoso dia va á ser este que ya alumbra el alba, y qué resplandeciente el sol que la sigue! Tú serás el rey entre ellos; yo la sultana entre ellas.
Y extasiada, delirante, abarcaba entre sus manos la cabeza de Juzef, y le bañaba en una mirada saturada de amor.
De repente la sangre subió á sus mejillas, apartóse bruscamente del príncipe, y envolviéndose en su velo, exclamó:
—¡No estamos solos!
XVI.
Y en efecto, el tapiz que cubria la puerta del retrete se alzó á impulsos de una mano indiscreta, y uno tras otro entraron tres hombres, cubiertos de hierro de los piés á la cabeza.
Eran los tres walíes.
Adelantábase Abu-Abdalá el de Málaga, abarcando con una mirada sombría el ancho retrete; llevaba plegado atrás el alquicel y su mano izquierda se apoyaba en la empuñadura de su espada. Tras él Abu-Yshac, dejaba entrever sobre el embozo de su alquicel su mirada de raposo, y Abu-Hassan, á guisa de guarda, apareció inmóvil en el cancel de la puerta. Betsabé, cubierta enteramente con el velo, blanca é inmóvil como una piedra, se veia en el centro del retrete tras Juzef, que esperaba severo á Abu-Abdalá.