—¡Por la Kaaba! dijo este en acento sombrío; ¿crees mancebo, que el hijo de mi madre no tiene más ocupacion que guardar tus amores con esa ramera?

Betsabé permaneció inmóvil. Juzef se tornó lívido y acortó la distancia que le separaba de Abu-Abdalá.

—¡De rodillas, esclavo!, gritó con voz que la cólera hacia convulsiva.

—¡De rodillas! rugió Abu-Abdalá echando mano á la empuñadura de su espada. ¡De rodillas! ¿y ante quién?

—Ante vuestro señor, contestó Betsabé adelantando un paso y echando el velo á su espalda.

Sea que un poder misterioso la rodease, sea que su radiante hermosura deslumbrase á los walíes, Abu-Abdalá retrocedió, Abu-Yshac dejó caer el embozo de su alquicel, y Abu-Hassan abrió los ojos de una manera extraordinaria.

Juzef les contemplaba pintada en su semblante la ira, y blandiendo el venablo, como el toro que moja la arena y la arroja á sus ijares, mientras mide el sitio donde ha de herir.

Betsabé adelantó aún más, hasta ponerse entre el príncipe y los walíes; la luz de una lámpara cercana, venciendo la todavía débil claridad del alba, que penetraba por el ajimez, inundaba con un pálido resplandor su frente erguida en un ademan de soberbia amenaza; un frio desden aparecia en la expresion de su boca entreabierta, y su mirada severa y fija se posaba poderosa en los walíes.

—Sois necios, imprudentes y atrevidos, dijo lentamente Betsabé marcando cada una de sus palabras; quereis vengar un ultraje, y en vez de procuraros una fuerte alianza, la haceis imposible dando oídos á vuestro insensato orgullo y mordiendo la mano que os puede proteger, manchais la sola bandera que debe flotar entre vosotros el dia del combate. Idos. Devorad vuestra rabia. Los Zegríes son mejores que vosotros, puesto que saben conquistar los favores de un rey; los Zenetes no se trocarian por los que tienen en la lengua el veneno de la serpiente, la envidia en el corazon y la espada mohosa y adherida á la vaina. ¡Idos!

XV.