Ninguno de los tres walíes retrocedió ante el despreciativo mandato de Betsabé; la contemplaban fascinados; casi no habian oído sus palabras.
—¡Idos! repitió con más fuerza la jóven.
—No, por el Coran, dijo Abu-Abdalá, en cuyos ojos se mostraba el fuego de un entusiasmo salvaje; no saldrémos de aquí sin haber aplacado tu enojo, sultana, sin que hayas dirigido á tus siervos una mirada de paz. No, tú no eres la ramera esclava del judío; tú eres una hurí que Dios nos envia para alentarnos en nuestra empresa. Las palabras de tu boca fortalecen el corazon; la mirada de tus ojos es un raudal de delicias que arrastra al alma consigo.
Cada frase de admiracion del africano, hacia aparecer más y más sombrío el semblante del príncipe; Betsabé permaneció impasible.
—¿Cuántas lanzas has traido contigo Abu-Yshac? dijo al fin tras un momento de silencio la jóven.
—Quinientas, contestó el walí.
—¿Y tú? añadió Betsabé dirigiéndose á Abu-Hassan.
—En la falda de la sierra Elvira, me esperan trescientas.
—Y yo puedo hacer que hoy cuando el sol medie su carrera lleguen mis gentes á Granada, añadió Abu-Abdalá.
—Pues bien, tú Abu-Yshac, serás el caudillo de esta empresa. Hoy á la hora de adohar, tu gente dividida en tres tercios, entrará en Granada por las puertas de Bib-Lachar, de Bib-Ataubin y de Bib-Al-bolut. Mi señor es el vuestro, añadió la jóven señalando al príncipe, pero ni una voz por él, ni una mirada, ni una señal de inteligencia. ¡Idos! En la joyería de Absalon hallareis un tesoro. Tomadlo y haced con él la guerra. En sus caballerizas hay tres caballos; cabalgad en ellos, y asistid á las fiestas encubiertos.