I.

El rey Al-Hhamar, habia contemplado impasible aquel misterioso período de la historia que tanto atañia á su porvenir; su benévolo semblante no se habia contraido ante aquellas asechanzas contra su existencia; miraba con la atencion y curiosidad de un niño, y nada más.

El retrete de la casa del judío habia desaparecido, quedando en su lugar una sombra profunda, parecia que al salir el príncipe y Betsabé le habian arrastrado en pos de sí.

El genio tocó de nuevo con su vara mágica el denso humo, y otro espectáculo nuevo y sorprendente se mostró ante Al-Hhamar. Era la plaza de Bib-Rambla; pero como entonces, ostentando sus aéreas torrecillas; sus galerías afiligranadas, sus techos de pizarra y sus ostentosos miradores; la plaza de Bib-Rambla engalanada para un fiesta y alumbrada por el sol de uno de esos serenos dias con que espira el otoño.

Ordinariamente Bib-Rambla era el centro de todo lo hermoso, de todo lo rico de Granada; veíanse en sus bazares, ocupados por mercaderes venidos de todos los pueblos, cuanto puede soñar el deseo; allí se cruzaban las pláticas de amor y de combate; más de una hazaña tenia allí su orígen, y las profundas oscuridades de los bazares cubrian en su misterio más de un lance de amor.

Pero aquel dia los soportables habian desaparecido, cubiertos por una gradería, destinada á dar asiento á los que por su fortuna debian asistir á las fiestas de la proclamacion del príncipe Mohhanmed.

Una fuerte valla separaba el coso de la gradería, y tres puertas, la de Bib-Al-bolut, la del Zacatin y la de la Al-Kaissería, eran las destinadas á dar paso á los justadores y á los concurrentes.

II.

Era muy de mañana; el sol apenas coloraba con una estrecha faja de luz los altos aleros, las banderas y los tapices más elevados del mirador real. La brisca, fresca y saturada con los perfumes de las flores, agitaba débilmente los espléndidos cortinajes de las galerías, los tapices de vivos colores y caprichosos dibujos, que desde las balaustradas de los estrados, destinados á los jueces, á los príncipes, á las damas y á los nobles, descendian hasta tocar la arena del coso; y parecia adormirse entre los anchos pliegues de la soberbia tela de brocado, suspendida sobre el trono de Al-Hhamar, y en la que aparecia, saliendo de las bocas de los dragones, la banda diagonal azul sobre campo de plata con el mote. «¡Le galib ile Allah!» (¡Sólo Dios es vencedor!)

A pesar de sus galas y de su magnificencia, la plaza estaba desierta; los ajimeces y las puertas cerradas. Sólo algun pajarillo, saludando al sol naciente, alteraba con sus trinos el profundo silencio que reinaba cerca y léjos. El ancho y esplendente coso, parecia estar sujeto al poder de un encanto.