El sol se elevó; sus rayos tocaron la abandonada arena, y al fin, perdido por la distancia, se elevó en el espacio un rumor confuso, que creció lentamente hasta dejar percibir el sonido de las atakebiras, los añafiles y los atabales; un ruido sordo, semejante al que produce el mar al estrellarse en la ribera, se elevó despues, y al cabo el estruendo llegó atronador hasta las puertas de la plaza, y la de la Al-Kaissería se abrió.
Cien Almoravides, con bonetes verdes y sobrevestas de escarlata, se extendieron, haciendo calle á los costados de la puerta, y por medio de ellos aparecieron cien alféreces sobre caballos blancos, encubertados de guerra y llevando en las manos pendoncillos, entre los cuales descollaba majestuoso el rojo estandarte real.
Tras esto, apareció una cuadrilla de trompeteros, que se detuvo á la puerta, y dejó oir por tres veces el clamoreo de sus clarines. Entonces, como si se hubiera roto el encanto que pesaba sobre la plaza, se abrieron puertas y miradores; la multitud se precipitó en las graderías; se llenaron los estrados de damas, y no se vió por todas partes más que velos que se agitaban, joyas que brillaban, voces que herian los aires, aclamando á Al-Hhamar y á su sucesor Mohhanmed.
Pronto la arena se vió invadida por tropas de ginetes, cuyos caballos caracoleaban, apiñándose al desemboque de la puerta de la Al-Kaissería, por la cual apareció la comitiva real.
Cabalgaba delante el rey, oprimiendo la espalda de un magnífico overo, cuyas gualdrapas de púrpura arrastraban sobre la arena. Llevaba el rey un caftan de seda color de escarlata bordado de oro; entre su toca verde, entrelazada de hilos de gruesas perlas, se veia una magnífica corona; su diestra empuñaba una larga y cortante espada; en sus borceguíes se veia la espuela de oro de los caballeros nazarenos, y sobre su pecho ostentaba un pequeño blason de Castilla, como en muestra del pleito homenaje que rendia en feudo y tributo al noble rey Ferdeland; dos walíes, de las tribus de los Zenetes y de los Zegríes, caminaban á pié á su lado, llevando las riendas de su corcel, y delante y en pos del rey marchaban en buen órden cien Almoravides armados de lanzas, y en cuyas adargas se veia el mote de Al-Hhamar.
Tras esta comitiva, desembocaron en la plaza cien Abencerrajes, sobre yeguas blancas, engalanados con caftanes y bonetes, mitad verdes, mitad rojos. Todos llevaban arcos y venablos á la espalda, y largas espadas en las manos.
Entre ellos se distinguia por lo espléndido de su vestimenta, semejante á la del rey, un gallardo mancebo; su semblante, orlado de una negrísima y rizada barba, era noble y tranquilo; sus ojos, de expresion dulce y melancólica, hicieron suspirar á más de una dama, al arrojar una mirada en los ámbitos de la plaza. Su cabeza, erguida y majestuosa, estaba cubierta por una faja de Persia á manera de turbante, pero sin corona ni adornos. Aquel gallardo jóven, á quien los valientes miraban con entusiasmo y las hermosas con amor, era Mohhanmed ben-A'bd-Allah-ben-Nazar, hijo mayor del rey.
Tras este, penetró en la plaza otro cortejo, ante el cual marchaban músicos y bailarinas. En el centro descollaba un palanquin cubierto por riquísimos tapices y cojines magníficos, conducido por cuatro esclavos. Sobre él, cubierta con un velo, asentaba una mujer, objeto de todas las miradas y del respeto general. Hermosas doncellas asiáticas, engalanadas con gran ostentacion, llevaban junto á la dama encubierta, pebeteros de oro exhalando perfumes, y ramilletes de flores. Esta mujer era la sultana Wadah, esposa del rey y madrastra del príncipe Mohhanmed.
Seguíanla las esclavas del haren, cubiertas con velos sobre palanquines menos ostentosos; cerraba la marcha un escuadron de esclavos de la guardia negra, á cuyo frente aparecia Maksan, embellecido con collar y ajorcas de oro, y un inmenso populacho, llenando el aire con el estruendo de sus víctores, completaba aquel régio acompañamiento.
El rey atravesó lentamente la plaza, subió al estrado real y ocupó el trono; á su derecha se colocó el príncipe Mohhanmed, á la izquierda la sultana Wadah, tras el trono las esclavas del haren, y por último, los wasires del rey, su katib[25], los cadíes de córte y el alcaide de su caballería.