Al pié del estrado real, se extendieron en tres filas, sobre la arena del coso, formando una valla humana, los Almoravides, los Abencerrajes y los esclavos de la guardia negra. El alférez del rey permaneció entre ellos, sustentando el estandarte real, y cuatro alguaciles de córte, á caballo, se situaron en el coso dando su frente al rey, á la distancia de diez picas del estrado.

La agitacion era general; las miradas de la multitud estaban fijas en el rey, y cien mil bocas elevaban un rumor unísono y confuso, murmurando de la tardanza de las fiestas: do quiera se dirigia la vista, no se encontraba más que la multitud encaramada en las pizarras, en las galerías, en los ajimeces y en los estrados: el coso, despejado y solitario, iluminado ya en gran parte por el sol, parecia encerrado en un marco de séres vivientes, que se habian dilatado entapizando los muros de la plaza, y entre los cuales aparecian, como ráfagas deslumbrantes, los tapices, las joyas, los velos y las plumas: al fondo de la plaza ondulaba un mar de cabezas, y el hálito que emanaba de aquel todo inmenso y monstruoso, se elevaba hasta perderse en el espacio, como el zumbido de un millon de colmenas.

Al fin la multitud impaciente vió al rey hablar con Aben-Muza, alcaide de su caballería, que descendió del estrado real, cabalgó, y seguido de los alguaciles y del alférez del rey, se adelantó al centro del coso precedido de los trompeteros.

Por segunda vez, estos lanzaron al espacio el triple clamor de sus clarines; callaron las cien mil bocas de la multitud, y la voz de Aben-Muza, se elevó lenta y sonora en medio del silencio:

—Creyentes, gritó: en nombre del rey Mohhanmed ben-Abd-Allah-ben-Juzet-ben-Nazar-ben-Al-Hhamar, el vencedor y el magnífico, á quien el Señor fuerte, el Poderoso entre los poderosos, ensalce con su grandeza, ¡salud á vosotros sus valientes y leales vasallos!

Una exclamacion informe, espontánea, gigante, fué la contestacion al saludo del rey. Aben-Muza continuó:

—Y sabed vosotros los que me oís; cuantos ausentes vivan; los presentes y los porvenir, que el rey manda y quiere que en justa celebridad de la proclamacion del príncipe Mohhanmed-ben-Abd-Allah-ben-Nazar, su sucesor y partícipe en el gobierno, se hagan fiestas, en que justen y corran cañas y toros, todos los que sean caballeros, muslimes ó nazarenos, los de cerca y los de luengas tierras, extrañándose á los judíos y á los renegados. Asimismo, que para presidir las fiestas se elija una sultana de la hermosura, entre las presentes, ó las que viniesen, de estos reinos ó de otros, la cual sultana será el premio del vencedor, si fuese libre y así pluguiese á su voluntad. Los jueces de la hermosura, son el wasir del rey Alí-ben-Ibraim; su alcaide y capitan de su guardia, Mohhanmed-ben-Alí; y su secretario Yahye-ben-Alkatib. ¡En nombre del rey! ¡prosperidad á los fieles muslimes!

Tornaron á sonar los clarines; el pueblo unió á su estruendo sus aclamaciones, y el alcaide Aben-Muza, precediendo al alférez del rey, á los alguaciles y á los trompeteros, tornó al estrado real, donde ya se habia constituido por órden de Al-Hhamar, el tribunal calificador de la belleza, compuesto de tres ancianos venerables, cuyos nombres habia relatado el alcaide Aben-Muza en el pregon.

Pero ni una de las damas que asistian á la fiesta bajó de su estrado para ir á disputar la primacía de su hermosura. Y las habia esplendentes y lánguidas, como el lucero de la tarde; alegres y cándidas como una alborada de primavera; deslumbrantes y majestuosas como el sol al trasmontar los mares en una tarde de estío; por una de sus miradas se hubieran vertido torrentes de sangre, y por un beso de sus labios de rubí, se hubiera dejado llamar cobarde el más bizarro Abencerraje.

Pero habia en el estrado real una dama á quien nadie habia visto el rostro, cubierto por un tupido velo, en la que se posaban las envidiosas miradas de las hermosuras granadinas: tras aquella ancha tela se elevaba una cabeza, que no podia menos de ser hermosísima, porque sólo una belleza sin rival podia darla valor para ostentarse en el indefinible y soberbio ademan de majestad y desden que ostentaba cuando eran llamadas á disputar el valor de sus encantos tantas bellísimas mujeres. Por cima de su velo brillaban sus ojos de mirada penetrante, é irresistible, y su ancha y riquísima túnica dejaba percibir la mórbida redondez de sus formas. Aquella mujer que hacia soñar en las huríes, que hacia indisputable la supremacía de su hermosura, era la esposa del rey; la madre del príncipe Juzef-Abd-Allah; la sultana Wadah; la esclava castigada un tiempo y vendida con ignominia á un judío, por el rígido walí de Cairvan.