Pero entre tanta dama irresoluta, hubo una que se adelantó de entre las esclavas del rey, y dejó caer su velo ante los jueces; era una jóven doncella; una encantadora hija del Asia, con sus rizados y sedosos cabellos negros, sus ojos nítidos y pudorosos; sus mejillas tersas y ligeramente morenas, y su cuello de cisne sustentado sobre un seno de formas virginales. Los ancianos jueces sonrieron benévolamente ante la niña, que fijaba en la alfombra del estrado su tímida mirada, y sólo la levantaba momentáneamente para posarla en la del príncipe Mohhanmed que la contemplaba extasiado; despues, avergonzada, tornaba á posarla en la alfombra y el rubor que subia á su mejilla la hacia parecer más hermosa.
Los jueces la preguntaron su nombre: se llamaba Haxima.
A falta de competencia, deliberaron entre sí, y hallando digna á Haxima, iban á pronunciar el irrevocable fallo en su favor, cuando el son de una ronca trompeta se dejó oir tres veces á través de la puerta de la Al-Kaissería, y el alcaide de ella, rigiendo un potro cordobés, se adelantó hasta el estrado real, y haciendo arrodillar al bruto, dijo al rey:
—Señor: una princesa de Persia, adonde ha llegado la fama de tu invencible nombre, que Dios eternice, pide licencia para asistir á las fiestas, y quiere disputar la honra de ser elegida sultana de la hermosura.
—Pues de tan léjos viene, contestó el rey, y princesa es, franca esté la puerta y llegue hasta mí.
El alcaide se inclinó; hizo cejar su caballo, y sin volver la espalda al rey, desapareció bajo la puerta de la Al-Kaissería, é instantáneamente tornó á aparecer, seguido por cuatro esclavos que conducian en un magnífico palanquin una dama cubierta con un velo. El atavío de la recien venida eclipsaba desde luego á lo más ostentoso que se admiraba en los estrados; su túnica roja labrada de perlas, parecia tejida de oro y rubíes; sus cabellos rubios escapándose de su toca, eran tan largos y tan brillantes; su talle tan esbelto; su ademan tan voluptuoso, que el genio de la envidia royó á su placer más de un corazon de mujer, y el amor se asentó en más de un alma de guerrero. En torno del palanquin caminaban, cubiertos por espléndidas vestiduras, pajes con perfumeros y flores; esclavos, ostentando una magnificencia maravillosa, y últimamente, completando la comitiva, cabalgaban, sobre caballos de mérito imponderable, diez hombres atléticos cubiertos de hierro desde el almete hasta los acicates.
Aquella ostentosa comitiva atravesó lentamente el coso, y se detuvo ante el estrado real; la dama encubierta abandonó el palanquin, y á través de los Almoravides, los Abencerrajes y los esclavos de la guardia negra, que habian abierto calle á una seña del rey, saltó como una gacela la gradería, pasó sin inclinarse delante de Al-Hhamar, y se presentó echando el velo á su espalda ante los jueces de la hermosura.
Era Djeidah, una de las tres hermanas de Betsabé.
Ante la mirada de sus ojos azules, los tres ancianos sintieron hervir la sangre, helada en sus venas, como en los tiempos de su remota juventud al pagar el primer tributo al amor. La hermosura de Djeidah era sobrenatural, y hubieron de declarar vencida á Haxima, que se retiró avergonzada y llorosa entre sus compañeras. Como ella, iba á ser proclamada Djeidah sultana, á tiempo que otro son de trompeta se dejó oir en la puerta de Bih-Al-Bolut.
El alcaide que la guardaba, se presentó ante el rey y pidió licencia para entrar á ver las fiestas y demandar la calificacion de sultana de la hermosura, para una princesa de Arabia.