La licencia fué concedida y entró en la plaza una comitiva igual en el órden y en el número á la primera, pero más ostentosa; la dama conducida en el palanquin, vestia una riquísima túnica de escarlata, cubierta de piedras preciosas, que brillaban al sol como un cielo estrellado; los esclavos iban ataviados con gran magnificencia, y la guardia que cerraba la marcha, se componia de diez árabes, jinetes en yeguas blancas; llevaban caftanes y alquiceles azules; bonetes y adargas de plata, y lanzas de dos hierros.
La que al frente de aquel lucido cortejo, atravesaba pausadamente el coso, era Zahra, otra de las hermanas de Betsabé.
Al llegar á la gradería del estrado real, la salvó de un salto, fijó en Al-Hhamar su terrible mirada, y contestando orgullosamente á su saludo, pasó junto á la sultana Wadah, altiva y desdeñosa, y se presentó á los jueces.
Estos quedaron admirados: al ver á Djeidah creyeron tener ante sí un trasunto de la belleza ideal que el hombre adivina en las huríes: parecióles imposible que hubiese otra mujer sobre la tierra bastante hermosa para poder rivalizar con ella; sin embargo, tenian ante sí á Zahra, con su sonrisa fascinadora: sus ojos ostentaban la dulzura y la pureza de los de la paloma; su frente iluminada por el sol, parecia tomar de él su brillante color levemente moreno, y el viento de la mañana mecia con trabajo los rizos de su profusa cabellera, saturándose en ellos con un exquisito perfume. Los jueces declararon solemnemente, poniendo la mano diestra en el corazon y la siniestra sobre su espada, que Djeidah y Zahra eran un prodigio de hermosura, que las creian iguales en encantos, y que debian ser declaradas al par sultanas de la fiesta.
Pero esta opinion era contraria á los usos de aquel tiempo, que sólo permitian una hermosura en el trono de las justas. Por otra parte el sol adelantaba su paso, avanzaba el dia, y el pueblo impaciente, á quien importaba sobre todo que se empezase la fiesta, voceaba pidiendo se soltase el primer toro.
Los jueces abandonaron sus puestos y fuéron reemplazados por otros, que se admiraron como los primeros ante la belleza de las dos hermanas, y juraron por la Santa Kaaba, que era su hermosura de igual valor, y la eleccion de una sola imposible.
Afortunadamente llegó entonces el alcaide de la puerta del Zacatin á suspender la discordia, anunciando que una princesa de Egipto solicitaba licencia del rey para presentarse ante los jueces.
Otorgola el rey, y al frente de un acompañamiento semejante á los de Djeidah y Zahra, apareció la tercera princesa cubierta de una túnica dorada y un velo blanco.
Abandonó el palanquin al pié de la gradería, subió al estrado, se deslizó impasible junto al rey y la sultana Wadah, y se descubrió ante los jueces.
Era Obeidah, la tercera hermana de Betsabé.