Abrióse de nuevo la valla del coso. Una tropa de esclavos tañendo dulzainas, atabales y bandolinas, se adelantó en marcha mesurada ostentando los vivos colores de sus chales y de sus tocas. Tras ellos, cuatro esclavos guiaban á un camello, que dejaba tras sí una anchísima alfombra de seda y oro plegada sobre su lomo: sobre aquella alfombra que se prolongaba perdiéndose tras la puerta, aparecieron veinte hermosas doncellas vestidas de blanco y coronadas de mirto, danzando al compás de la música que las precedia: tras ellas marchaban esclavas con pebeteros sobre las cabezas, rodeando á una dama sentada sobre un caballo leonado de maravillosa hermosura, que hacia retemblar la tierra bajo sus cascos, orgulloso de su carga, y cuya enhiesta cabeza atirantaba las dobles y larguísimas riendas que asian cuatro jóvenes doncellas con trajes de genios: otras cuatro sostenian, impidiendo tocasen á la alfombra, las deslumbrantes gualdrapas de púrpura que cubrian al corcel, y otras dos, marchando á pié, llevaban abanicos de plumas, destinados á impedir que los rayos del sol hiriesen la frente de la princesa.
Era esta Betsabé. Su purísima frente cubierta por un velo de gasa, era más hermosa que la luna, cuando en una serena noche de estío se ostenta velada por una nubecilla trasparente.
Seguíanla multitud de esclavos, plegando sobre un palanquin la alfombra, que dejaba como un rastro tras las huellas de su corcel.
Cuatro hombres constituian su comitiva. Uno de ellos cabalgaba en un fogoso potro cordobés, negro como la noche é indómito como el huracan. Su dueño era gallardo á maravilla; llevaba la faz oculta con la celada de su bonete de acero, primorosamente cincelado como las demás piezas de su magnífica armadura de guerra, cubierta en parte por una sobrevesta de seda verde briscada de oro. Verde era su alquicel, verde su penacho, verde el asta y el pendoncillo de su lanza de dos hierros, y verde su ancha adarga, en cuyo centro se veia pintado un negro murciélago, con este mote en caractéres cúficos de oro sobre fondo rojo: Si no venzo, esta es mi suerte.
Seguíanle, cabalgando en una misma línea, los otros tres hombres. Negros y poderosos eran sus caballos; negros sus alquiceles; negras sus fuertes lanzas, y, como el delantero, ostentaban en sus adargas un murciélago orlado con el mismo mote, pintado sobre campo rojo.
Tanta magnificencia, tanta belleza, hizo olvidar un momento su impaciencia á los que esperaban, y Betsabé subió la gradería del estrado real, y llegó ante los jueces saludada por ruidosas aclamaciones.
Habia bastado á la multitud ver lo majestuoso de su ademan, lo aéreo de su talle, para descubrir en ella una mujer hermosa cuanto puede soñarla un enamorado pensamiento. Pero cuando el velo dejó de cubrir su frente; cuando el todo de su maravillosa hermosura ostentó lo irresistible de su poder, una palidez terrible cubrió el semblante de Wadah, un estremecimiento involuntario corrió por sus miembros, y sus ojos se fijaron atónitos con la expresion del terror en la jóven. Esta contemplaba tambien á Wadah, pero como el vencedor que muestra su insolente mirada de triunfo ante el vencido; los que presenciaban aquel extraño acontecimiento, sólo vieron en Wadah el odio instintivo de toda mujer bella que contempla ante sí á otra más hermosa: en Betsabé el orgullo pueril de un triunfo sobre una rival.
Sin embargo, Wadah y Betsabé hacia mucho tiempo que se conocian, mucho tiempo que se odiaban con toda la fuerza del odio peculiar á la mujer.
Entre tanto los jueces, tras una breve deliberacion, fallaron que Betsabé era la sultana de la hermosura, á falta de otra más encantadora, y ocupó el trono en medio de las aclamaciones de la multitud; el rey se colocó á la derecha en asiento más bajo, la sultana Wadah á la izquierda, y Djeidah, Zahra y Obeidah delante de ella en el último peldaño de la gradería.
Las comitivas que habian acompañado á las cuatro hermanas, se retiraron tras la valla; los Abencerrajes, los Almoravides y los esclavos de la guardia negra, formaron de nuevo en triple fila; los alguaciles se colocaron en su lugar en el coso á diez picas de distancia dando frente al rey, y por tercera vez los trompeteros llenaron el espacio con el áspero son de sus clarines.