La fiesta tan anhelada empezaba.
Abrióse una puerta colocada bajo la gradería en la parte de la plaza frontera al estrado real, y dió paso á diez Zenetes cabalgando en yeguas blancas; mostraban jaeces, caftanes, bonetes, adargas y pendoncillos rojos, tomados de oro, y ostentando en su traje el mote de Al-Hhamar: seguíanles diez esclavos negros, asimismo vestidos de rojo y oro, conduciendo diez yeguas blancas con jaeces semejantes á las que montaban los Zenetes: tras estos esclavos, aparecieron otros seis con el mismo atavío, envueltos en anchos alquiceles, y rodeados de una espléndida servidumbre; cerraba la marcha un jóven africano de moreno semblante, ojos brilladores y miembros robustos; vestia un traje riquísimo de brocado de oro sobre rojo, y en su turbante se balanceaba una garzota de inestimable valor; mostraba sobre el pecho un pequeño escudo, en el que estaba pintado un salvaje sosteniendo un mundo, con este mote en oro sobre verde: Con más puedo.
Aquel feroz caballero era conocido con el nombre de Aben-Alí-Atar, alcaide de Ronda, y respetado por valiente, do quier se levantaba un pendon ó se reunian los más bravos de los caballeros granadinos.
Nadie, á pesar de permitirse segun el pregon entrar en plaza, osó rivalizar con el respetado Alí-Atar: él solo fué á saludar ante el trono de la hermosura, á Betsabé, y la pidió licencia para rejonear el primer toro.
Una sonrisa extraña lució en los labios de Betsabé, cuya blanquísima mano arrojó una llave de oro que el africano recogió en su bonete: saludó profundamente al rey, partió al galope al otro extremo de la plaza, y entregó la llave á un alguacil que se dirigió con ella á una pequeña puerta; entre tanto el acompañamiento de Aben-Alí-Atar desapareció tras la valla; los seis negros de los alquiceles rojos se extendieron en el coso al rededor de la puerta que se iba á abrir, y el mantenedor tomando un pesado rejon, se colocó jactancioso á un lado de ella. Sonaron los clarines en medio de un silencio profundo; el alguacil abrió la puerta, y un toro de piel negra y reluciente se lanzó en el coso.
Era un valiente animal nacido en las breñas de Ronda; ligero como el aire, bravo, bien armado; se detuvo en medio de la arena y revolvió su feroz mirada en torno suyo, provocado por los silbos y los gritos que arrojaba la multitud como un vendabal; los hombres estaban de pié, las damas agitaban sus lenzuelos, los alguaciles colocados frente al mirador real, fijaban la aterrada vista en el bruto preparándose á huir á la primera señal de peligro: Aben-Alí-Atar, entre tanto, rodeado de los esclavos lidiadores, se acercó al trote de su yegua al toro, que se volvió lentamente, azotó con su cola los ijares, bajó la potente cabeza, como saludando á su adversario, hízose pausadamente atrás, arrojando á larga distancia la arena que arrancaban del coso sus brazos cortos y nerviosos, y dejó oir un bramido ronco y poderoso. En aquel momento todos los ojos estaban fijos, todas las lenguas mudas.
Al fin el toro partió como un venablo envistiendo á Alí-Atar; el rejon de este hendió, silbando, la distancia que le separaba del toro, y, rozando ligeramente su lomo, se clavó en la arena: un bramido atronador retembló en los aires: la yegua y su jinete rodaron por el coso, y seis alquiceles rojos flotaron entre el caballero vencido y la bestia vencedora: engañado por ellos, el toro siguió á los esclavos, y Aben-Alí-Atar cabalgó en otra yegua que le fué presentada.
El rostro del africano mostraba una expresion terrible; parecia que el demonio de la cólera y del orgullo humillado, habia ocupado su alma: lívido, tembloroso de furor, con los dientes apretados, y los ojos inyectados de sangre, lanzó en torno una mirada de desprecio á la multitud que aplaudia al toro, y otra indescribible á Betsabé, cuya mirada sin objeto parecia fijarse en una imágen retratada en su alma: sin embargo, cuando Alí-Atar partió de nuevo al encuentro del toro, quien la hubiera observado hubiera visto en su mano el anillo cabalístico de Salomon, mientras su lengua murmuraba algunas ininteligibles palabras: en aquel momento el toro arrancó en su segunda embestida, y sin dar tiempo á Alí-Atar de arrojarle su rejon, arrolló á la yegua, y desdeñando la llamada de los rojos alquiceles de los esclavos, se cebó en ella y en su jinete: la sangre corrió; Alí-Atar espirante voló por el aire tres veces arrojado por las terribles astas, y otras tantas fué herido de muerte. Despues el toro siguió á los esclavos, se ensangrentó en ellos, arrolló á los alguaciles, y se hirió, acometiendo inútilmente á los Almoravides, los Abencerrajes y los esclavos de la guardia negra, que le recibieron con la punta de sus largas picas, muchas de las cuales se rompieron al empuje.
El toro, empero, pareció no haber menguado en vigor con aquella lucha terrible; conociendo lo inútil de sus esfuerzos en aquella parte, se adelantó al centro del coso y persiguió, aunque tarde, á los que retiraban los despojos de Alí-Atar, de sus dos yeguas y de algunos esclavos: el toro era dueño del terreno: nadie parecia ante él: entonces como el atleta que tras un combate se prepara con el descanso para otro, se echó en tierra y con el oído atento, la vista inquieta y las orejas enhiestas, esperó.
Deshonroso era para los caballeros granadinos contemplar impasibles un coso abandonado, en que un toro se atrevia á reposar con tan inaudita é insufrible insolencia; la sangre hirvió en el corazon de algunos, que confiando en su brazo y en su buena estrella, cabalgaron en las nueve yeguas blancas que restaban de las que habian aparecido en muestra, y rodeados de más de cien esclavos, precediendo la licencia del rey, entraron en el coso.