De ver eran aquellos valientes jóvenes disputando cada uno de por sí, merced á la velocidad de sus cabalgaduras, el honor de ser el primero en arrojar su rejon á la fiera, preparada de nuevo al combate: triste era en verdad ver rodar por la arena á aquellos cumplidos caballeros, que en más de un combate habian ensangrentado el asta de sus lanzas hasta la mano, y habian dado dias de gloria á su patria venciendo á los nazarenos. Todos cayeron: arrollábalos el toro como el vendabal doblega y rompe las jóvenes palmeras, y la fiesta era ya un objeto de horror. Desvanecíanse las damas; juraban los valientes; gritaba el populacho; afligia al rey la sangre de sus caballeros inútilmente vertida, y el toro entre tanto se enseñoreaba de la liza, poblada sólo de cadáveres y moribundos. El terror cundia; nadie osaba medirse con aquel soberbio animal á quien el hierro no rendia y que crecia con el castigo.

Pasaba entre tanto el tiempo; el rey, por medio de un pregon, ofreció mil doblas de oro á cualquiera que, esclavo ó muslim, villano ó caballero, fuese vencedor del toro.

Pero ni la gloria ni la ambicion fuéron bastantes á decidir á ninguno á tamaña empresa. Esperóse largo espacio; el rostro del rey se nubló; todos sus vasallos esquivaban el peligro. Por primera vez tenia lugar en Granada el deshonroso espectáculo de un peligro esquivado. Al-Hhamar bajó de su asiento á pesar de las súplicas de Wadah, tomó de manos del alcaide de su caballería Aben-Muza un poderoso caballo, y sin más compañía que su brazo y un rejon, se lanzó en la arena. Aquel ejemplo de inmensa y serena valentía, produjo un efecto maravilloso; el aire retumbó herido por un millon de aclamaciones, y los gritos de ¡Al-Hhamar le galib! (¡Al-Hhamar el vencedor!) salieron de todas las bocas, al mismo tiempo que por todas las puertas de la valla se precipitaron tropas de jinetes.

Llegado era el momento del supremo esfuerzo del bruto; un silencio profundo dominaba en las balaustradas, en los miradores y en las galerías. En el estrado real, Wadah, á pesar de su fiereza, pálida como un cadáver, posaba una angustiosa mirada en Al-Hhamar, que acompañado de su hijo el príncipe Mohhanmed, caracoleaba en derredor del toro en medio de sus caballeros, á quienes en vano gritaba furioso se retirasen; más allá el desconocido de la verde vestidura, el arnés cincelado y la adarga con un murciélago por empresa; aquel hombre que asistia á las fiestas como vasallo de una princesa de la India; con su verde alquicel plegado en el brazo izquierdo y su ancha espada desnuda en la diestra, se veia á pié en la arena á poca distancia del rey y del príncipe Mohhanmed; la mirada que Wadah, fijaba á veces en aquel jóven, revelaba una angustia más profunda que la que posaba en Al-Hhamar, al par que un relámpago de odio brillaba en sus ojos, cuando los tornaba al príncipe Mohhanmed.

Betsabé entre tanto revolvia entre sus lindísimos dedos la terrible esmeralda, y en su rostro frio é impasible se traslucia una vaga y cruel expresion de triunfo cada vez que el toro hacia rodar uno de los leales y valientes caballeros que formaban una valla humana ante Al-Hhamar. Al fin todos cayeron heridos ó fuera de combate, y sólo quedaron ilesos el rey, el príncipe y el caballero del verde atavío.

A falta de otros contrarios, el toro, á quien parecia prestar fuerzas un extraño poder, se lanzó sobre el príncipe Mohhanmed; el valiente jóven arrojó en vano su rejon, que pasó silbando á poca distancia del furioso bruto: Al-Hhamar, sin tener más tiempo que el necesario para interponer su caballo entre el de su hijo y la fiera, rodó á su empuje, como habian rodado antes tantos otros: oyóse entonces en medio del terror general un grito salvaje: vióse al caballero de lo verde arrojar su alquicel entre el rey y el toro; sacarle en medio de la plaza; burlar, merced á la flotante tela, sus embestidas, y en fin asestar contra él la aguda punta de su luciente espada: su alquicel llamó al toro; este partió un momento despues; hombre y bestia cayeron en tierra; pero antes de que pudiese ser notado distintamente, el hombre se levantó sano y salvo, mientras el toro espiró, lanzando un raudal de negra sangre, por una ancha herida que habia abierto en su cerviz, al penetrar hasta la empuñadura, la espada del desconocido.

El peligro de que con tan maravilloso valor habia salvado á Al-Hhamar y al príncipe Mohhanmed, habia causado tan profunda sensacion, que mil voces se levantaron para aclamar vencedor al esforzado caballero, y para pedir se le concediese ser premiado por la sultana de la hermosura. Pero el rey, repuesto de su caida, meditó que no podia concederse tal merced al que sólo habia vencido una prueba, y si bien juró por su espíritu recompensar de una manera digna de su grandeza servicio tan distinguido, volvió al estrado, y suspendiendo la salida del segundo toro, mandó se corriesen sortijas.

Entonces los esclavos clavaron en el centro de la plaza un hermoso árbol, en una de cuyas desnudas ramas, cubierta por una plancha de acero, asomaba imperceptiblemente el círculo de una sortija de oro. Cubriéronse con arena los rastros de sangre, y todos se prepararon al próximo y menos peligroso espectáculo, olvidados ya de los horrores del primero.

Entre tanto, Wadah, que habia caido desvanecida entre sus esclavas, al ver á Al-Hhamar por la arena, habia vuelto en sí, y solicitaba del rey licencia para alejarse de la fiesta.

—Rey y señor, le decia: tu sierva, despues del horrible peligro en que te ha visto, no puede hallar placer en otra cosa que en la soledad: si permaneciese aquí, creeria verte aún en tierra delante del furioso animal, á quien ese valiente caballero ha vencido. Déjame que en el retiro del alcázar piense en tí; que te espere recordando los hermosos dias de nuestro primer amor.