El rey fijó una mirada extraña en la sultana.

—Sí; quiero estar sola, continuó esta: necesito estar sola; el ruido de esas voces me lastima, mi cabeza se pierde... tiemblo, ¿no lo ves?

En efecto, Wadah temblaba; Betsabé fijaba en ella una mirada sombría; Djeidah, Zahra y Obeidah prestaban una descuidada atencion á aquellos misteriosos terrores que para ellas eran una historia completa. En aquel reducido círculo se agitaban todas las pasiones que pueden combatir al corazon. El rey dudó aún.

—¿Y quién dará luz á mis ojos, dijo, si tú te separas de mí, sol de mi vida? ¿Cómo podré yo apreciar el valor de mis caballeros, si al separarte de mí tan turbada, llevas contigo mi cuidadoso pensamiento?

Wadah contestó señalando con una elocuente mirada á Betsabé; el rey palideció.

—Ya lo ves, añadió Wadah, como concluyendo el pensamiento que sus ojos habian empezado á expresar; padezco como tu temes, me fascina esa mujer, su vista me atormenta, déjame partir.

El rey inclinó la cabeza resignado, y permitió á su esposa abandonar las fiestas. Wadah salió, rodeada de sus esclavas, y meditabunda y preocupada llegó á la casa del Gallo.

Despidió á su servidumbre, encerróse en su retrete, y una vez sola, se abandonó á las pasiones que habia contenido en presencia del rey y de la córte. Wadah, no era ya la mujer hermosa que inspiraba insensatos amores, como su mirada tranquila é indiferente; era una pantera furiosa á quien se ha insultado; no habia en ella ni terror ni amor; sus ojos lanzaban un fuego sombrío; su boca entreabierta producia una especie de rugido sordo y contínuo; su hermoso seno se elevaba agitado por una respiracion violenta; sus lindos piés hacian retemblar el pavimento con un paso fuerte, apresurado, circular, como el de una fiera encerrada en una jaula: todo presagiaba en ella una de esas terribles borrascas del alma que al estallar aterran, y que causan la muerte de quien las excita.

Nada oia, nada veia: el presente no existia para ella; recuerdos terribles le traian su pasado, y terrores incógnitos le fingian un porvenir horroroso, que ella habia querido evitar y al cual le arrojaba una mano invisible y poderosa. Su carácter salvaje se sublevaba contra aquel poder superior: su voluntad enérgica la hacia pensar en la lucha, pero aquella lucha era de un éxito dudoso: habia momentos en que se creia impotente, y el conocimiento de su impotencia la irritaba.

Algunas veces la arrancaba de sus terribles pensamientos un sonido vago, perdido en la distancia y en el espacio; era el son de las trompetas de la fiesta que resonaban de tiempo en tiempo: con él se levantaba el rumor confuso de las voces del pueblo que aclamaba á un vencedor. Su vista se dilataba: creia ver á su hijo Juzef en aquel caballero de lo verde, arrancando sortijas que nadie habia logrado tocar; arrojando de la silla, á los botes de su lanza, á los caballeros de brazo más fuerte; arrojando empresas y divisas, ganadas á los vencidos, á los piés de Betsabé. Veia lucir en los labios de este una sonrisa de amor y de triunfo, y la irritacion de su alma la animaba con un fuego sombrío; volvia á su paseo circular, á su terrible furor, á sus pensamientos de venganza.