En uno de aquellos accesos, se detuvo delante de un pequeño alhamí, abierto en el muro y adornado con labores y signos extraños: levantó el mármol que le servia de pavimento y tomó de debajo de él una tabla negra, escrita con caractéres rojos; sentóse en el suelo y colocó la tabla sobre sus rodillas: luego sacó de su seno un punzon de oro, y tocó uno de aquellos nombres escritos en caractéres cabalísticos, y esperó; pero nadie apareció ante ella, como en otro tiempo, al impulso de aquel contacto mágico: su poder habia cedido á un poder superior, y el ensalmo sólo contestó con una muestra horrorosa: la tabla se cubrió de sangre que rebosó de ella y manchó las vestiduras de Wadah; lentamente se levantó una llama azulada, que lamió primero indecisa los bordes del talisman y despues le cubrió enteramente, se elevó, osciló y se consumió. En vez de los caractéres misteriosos, los ojos de Wadah vieron sobre la negra superficie de la tabla, siete murciélagos horribles que la miraban con sus pequeños ojos de fuego, que batian sus alas de crespon, y que parecian mofarse de ella, abriendo sus horribles bocas con un mohin extraño, muy semejante á la risa de un condenado.

El rostro de Wadah expresó una feroz alegría á la vista de las siete alimañas: sus labios murmuraron un conjuro, y los murciélagos dilataron más sus bocas, como contestando con una risa insolente.

Wadah palideció. En aquel momento habia creido ver á través de la tabla fatal el rostro de un cadáver; creyó haber visto en él al nombre de su último amor: amor frenético que llenaba su existencia, que la devoraba, que la consumia; sobre aquel rostro, el tósigo habia dejado impresas manchas lívidas: sus ojos estaban cubiertos por un velo de sangre, y á través de los apretados dientes, fluia por su boca entreabierta roja espuma. Wadah arrojó horrorizada la tabla á un perfumero, cuyo fuego la devoró lentamente, al par que de las siete bocas de los siete murciélagos que ardian, emanaban siete carcajadas horribles.

—¡Oh! ¿qué es esto? gritó Wadah en el colmo del terror: ¿con que todo lo que amo ha de perecer, y he de perecer yo con ellos, y mi poder será inútil para contrarestar el poder de ese miserable? ¡No, no será... aunque lo quieran todos los arcángeles del sétimo cielo!

Su hermoso semblante mostrábase entonces en una de esas terribles expresiones, que si una vez se han visto no se olvidan jamás: sus cabellos se habian desordenado y caian como un velo sobre su frente: fijos sus ojos, amenazadores y sombríos, brillaban con un fuego semejante al que debió lucir en los de Eblis cuando fué arrojado del Paraíso: su boca entreabierta permitia ver sus blanquísimos dientes, apretados por la rabia; sentada en el suelo, replegada sobre sus rodillas, los brazos apoyados en ellas y las manos crispadas, clavando las uñas en su semblante, hubiera hecho temblar al más osado y retroceder al más atrevido.

Pero todo aquel furor creciente, inmenso, era más de lo que puede sufrir un corazon mortal: habia pasado más allá de los límites naturales, y se deshizo en lágrimas: Wadah lloraba por la primera vez.

De repente se levantó, tomó una lámpara de oro colocada en un nicho, la encendió, cubrióse con un velo, salió del retrete y entró en una oscura galería; al fin de ella abrió una puerta, bajó algunos escalones, y se adelantó á lo largo de un estrecho y pendiente tránsito.

El lugar por donde caminaba Wadah era una mina que comunicaba con uno de los extremos del Albaicin; al fin de ella abrió otra puerta, subió una escalera, y atravesando algunos retretes, se encontró al fin en el que habia servido de prision á Betsabé, y donde sujeto á su poder yacia Absalon.

Las lámparas estaban apagadas, los braserillos sin fuego, los pájaros mudos y las flores marchitas; una luz pálida penetraba por el ajimez, á través de los dobles tapices, y un silencio profundo dominaba en aquel magnífico retrete. Wadah colocó su lámpara sobre el mismo pedestal que algunas horas antes sostenia el jarron de porcelana, arrojado al suelo por el furor de Betsabé, y cuyos restos aún se veian sobre la alfombra. El divan se ocultaba tras sus cortinajes de púrpura, y nada indicaba que aquel recinto estuviese habitado.

Wadah observó todo esto en silencio; compuso su desordenada cabellera, cubrióse con el velo, y dirigiéndose con paso recatado al divan, levantó el tapiz y miró: la lámpara arrojó su débil reflejo hasta el fondo de aquel lecho, y dejó ver á la sultana un hombre que dormia: era Absalon.