Su semblante pálido, en que naturalmente estaba retratada la miseria de su espíritu, mostraba entonces una expresion de dolor, reflejo sin duda de algun ensueño horroroso; á través de su boca entreabierta se veian entrechocarse sus dientes, y un sudor copioso filtraba de sus blancos y escasos cabellos, y se deslizaba por su frente.
Wadah contempló por algun tiempo á aquel hombre con severo semblante; sus ojos se tiñeron de una sombría expresion de cólera, que creció progresivamente hasta estallar; luego asió con fuerza la hopalanda del judío y la sacudió con furor:
—Despierta, miserable, gritó.
Absalon se levantó aterrado; sus ojos soñolientos se dilataron, y su boca temblorosa dió salida á un grito:
—¡Perdon, Betsabé! exclamó.
—¡Betsabé! ¡Siempre Betsabé! prorrumpió colérica Wadah. ¡Siempre esa mujer! ¿Qué has hecho de ella, miserable? ¿Dónde está?
El judío pasó su descarnada mano por su frente, y miró con asombro á la sultana.
—No es Betsabé, dijo.
—¿Qué has hecho de ella? repitió con más fuerza Wadah.
—¡Estaba escrito! murmuró el judío.