—¿Pero qué estaba escrito? exclamó impaciente la sultana, ¿Quién es esa mujer?
—Esa mujer... repitió con el acento del idiotismo Absalon; esa mujer es la muerte... esa mujer, es la condenacion.
Wadah se impacientaba: sus labios temblaban, su seno agitado dejaba percibir cada uno de los violentos latidos de su corazon.
—¿Esa mujer? repitió aún.
—No tiene padre entre los hombres, ni sus dias están contados, contestó Absalon, ni mujer la ha acercado á su pecho, ni tumba se cerrará sobre ella; es la hija de los conjuros, el espíritu de Eblis, el arcángel tentador que inspira los amores impuros y las venganzas crueles... esa mujer es el destino de una raza que acerca al horizonte de los mares de la muerte el sol de su existencia.
Absalon parecia inspirado; Wadah le escuchaba con ansiedad.
—Pero esa raza, continuó Absalon, dejará sobre el horizonte del pasado reflejos de grandeza, que mirarán con respeto los que vengan con el porvenir... Esa raza será raza de mártires, y sus espíritus purificados con el sufrimiento, subirán como un perfume, allí donde todo es eterno, donde todo es hermoso, donde el espíritu de Dios vuela, llenando de felicidad infinita cuanto con él está... Esa raza es una raza de justos.
—¿Y qué raza es esa? preguntóle estremecida Wadah.
—Allá en los remotos confines de África, prosiguió Absalon, como si no hubiese oído la pregunta de Wadah, en un campo fértil, rebosa de un lago el Bahr-el-Azrak (rio azul). Corre entre bosques de palmeras y se une al gran rio donde moran el hipopótamo y el cocodrilo. El mismo dia que los espíritus invisibles presidian el nacimiento de Ebn-Al-Hhamar, un hombre pobre, descalzo, fatigado, caminaba por la ribera del Bahr-el-Azrak, á poca distancia del punto donde este rio se une al sagrado Nilo; llevaba en la espalda un cofre y en él alguna joyería falsa, unos cubiletes y una tabla de ajedrez. Era un juglar que recorria los aduares, ejercitando su triple profesion de médico, mercader y jugador de manos; todos le conocian y se apartaban de su paso, arrojándole algunas monedas de cobre, porque le tenian por mago y le temian; sin embargo, el pretendido mago estaba reducido á la miseria más horrible: siempre errante, sus piés se ensangrentaban caminando sobre los arenales, y su piel, defendida tan sólo por un sucio turbante y un roto alquicel, sufria los ardores del sol, que la quemaba, posándose sobre ella como una plancha de hierro enrojecido.
Aquel hombre caminaba sin duda á la ventura, puesto que ni un aduar, ni una ciudad se veian á muchas leguas de distancia; sin embargo, andaba cuanto podia, y en poco tiempo llegó al lugar donde el Bahr-el-Azrak se une al Nilo.