Allí se detuvo, no pudiendo pasar adelante, y se sentó al pié de una palmera.

—¿Y qué me importa tu juglar? gritó Wadah impaciente; ¿qué tiene que ver con esa mujer?

Pero Absalon nada oia, nada veian sus ojos; mostraban una mirada fija, sin objeto, insensata; sus cabellos estaban erizados, su voz era lúgubre; Wadah mordió impaciente sus labios, sentóse sobre la alfombra, cruzó los brazos, inclinó la cabeza sobre el pecho y se resignó á esperar un momento de lucidez en la demencia del viejo. Este entre tanto habia continuado su relato.

—El juglar miró atrás y se contristó al ver el largo camino que tenia que desandar para encontrar una tienda ó una cabaña, puesto que adelante le cerraba el paso la confluencia de los dos rios.—¡Si al menos, dijo, tuviera una barca!—En aquel momento, de entre unas cañas situadas en la opuesta ribera, apareció una balsa que adelantó hasta llegar á la orilla; nadie la dirigia: habia venido por sí misma, á no ser que la impulsase algun invisible cocodrilo.

Aunque deseoso de proseguir su marcha, el juglar tuvo miedo de aquellos maderos entrelazados con juncos, que sin que nadie al parecer los impeliese, habian subido la corriente, fuerte en aquel punto en razon al caudaloso desagüe del Bahr-el-Azrak, y que se mantenian inmóviles convidándole á la travesía; pero luego meditó que allí se encerraba un misterio, y su miedo cedió á su curiosidad.

Resolvióse, pues, levantóse y saltó en la balsa, que como si no esperase nada más, se separó de la orilla y se abandonó á la corriente con la velocidad de una saeta. Ya no era tiempo de retroceder. El Nilo arrastraba con violencia su turbia corriente, y pretender llegar á nado á cualquiera de sus riberas, hubiera sido buscar una muerte segura. Por mucho que fuera el terror del juglar, hubo de resignarse á aquel viaje terrible.

La balsa aumentaba maravillosamente en velocidad. El juglar veia pasar á sus costados las dos riberas con la misma rapidez que pasa una tromba sobre un arenal. Los montes, los valles, las colinas, parecian correr como sombras; la corriente era cada vez más ruidosa, más sensible; la estrella de la tarde reverberaba ya en la inmensidad del firmamento, y algunas brillantes estrellas palidecian ante el sol que tocaba al Occidente.

La balsa siguió: dejó el centro del rio y penetró en un cañaveral; á medida que adelantaba, las cañas eran más elevadas; se estrechaba el cauce, los follajes se unian y menguaba la luz; al fin, solo quedó una claridad nebulosa, un ambiente pesado, unas aguas negras y silenciosas. Y la balsa corria como una saeta disparada sobre aquella superficie tersa en que se reflejaba el color mate y frio de la niebla.

Al fin la balsa desembocó en un lago, abrillantado por el reflejo de una hoguera que ardia sobre una roca de granito rojo, situada en medio de las aguas; la balsa chocó en ella y empezó á sumergirse lentamente, obligando al juglar á tomar tierra. La balsa desapareció al fin, y quedó solo, con su joyería y su tablero de ajedrez, sobre aquella pequeña piedra que se elevaba en el centro de un reducido lago, rodeado de espesa maleza, cubierto por un celaje sombrío y alumbrado por la luz de una hoguera solitaria.

El juglar buscó una habitacion humana y dió vuelta á la roca; en la parte opuesta á aquella á donde habia arribado, encontró la boca de una gruta y entró. Sus ojos, deslumbrados por el vivo resplandor de la hoguera, nada vieron durante un corto espacio; luego las tinieblas fuéron desvaneciéndose, y en el fondo vió una puerta que al llegar á ella se abrió por sí misma: el juglar pudo entonces ver un pequeño aposento, cuyas paredes eran negras y cubiertas de inscripciones misteriosas y signos cabalísticos pintados con tinta roja; veíanse allí la lengua de la serpiente de mar, junto á los ojos del águila de los trópicos; huesos informes del Roc[26], dientes de lobo rabioso y uñas de cocodrilo; hallábanse allí alimañas no conocidas, reptiles de formas horribles, abortos espantosos; y entre todos estos objetos, instrumentos, armas y utensilios de hechura y usos extraños, cuantas producciones vegetales encierran el tósigo y el narcótico: filtros para matar, para enloquecer, para envejecer, para inspirar amor y aborrecimiento; todo cuanto dañoso encierra la naturaleza, colocado con órden sobre las mesas y sobre las paredes de aquel aposento, dentro del cual temblaba el imprudente juglar, pesaroso hasta el fondo del alma de haberse aventurado en aquella balsa maldita que le habia conducido á lugar tan siniestro.