Y no eran las alimañas y las redomas donde estaba encerrado tanto veneno, lo que causaba su miedo: era otro objeto más horrible que todos aquellos horrores lo que le hacia temblar y le enmudecia: era un hombre sentado sobre un escabel de tres piés, cubierta la cabeza con un bonete puntiagudo, negro como su túnica, y como ella cubierto de caractéres rojos. Aquel hombre entonaba un canto fúnebre, cuyas palabras, á pesar de ser ininteligibles, hacian temblar el corazon del que las escuchaba; su rostro era feroz, malévolo, surcado de manchas lívidas, y animado por dos ojos redondos, pequeños y relucientes como carbunclos; unos cabellos lacios y una barba revuelta y larguísima, de color de plomo blanquecino, afeaban aquel semblante que por sí solo bastaba á causar horror; bajo la ancha hopalanda de aquel sér terrible, se veian descubiertas sus manos secas y huesosas como las de una momia, que se ocupaban en remover con una larga espátula de hierro enmohecido, un brebaje de color impuro que hervia á sus piés en una vasija de materia y forma extrañas; de ella se levantaba en espiral una columna de fuego rojizo que se abria paso fuera de aquel antro por una claraboya abierta en la roca, y que apareciendo sobre ella, era la hoguera que abrillantaba las aguas del lago sobre el cual habian flotado los maderos que condujeron hasta aquel sitio al juglar.
De tiempo en tiempo el viejo dejaba el escabel, tomaba una redoma y vertia en la vasija parte de su contenido, entonando un canto misterioso y desagradable; el brebaje hervia con más fuerza, el fuego chispeaba rugiendo, y un humo blanquecino, impregnado de miasmas hediondos, se extendia en aquel reducido ámbito, lamia las paredes, envolvia las formas y se disipaba al fin, devorado por la misma hoguera que le habia producido.
El juglar observaba inmóvil cuanto sus ojos veian; el viejo parecia no apercibirse de su presencia; al fin sus ojos ardientes se fijaron en aquel hombre tembloroso, sus labios se contrajeron con una mueca, extraña sonrisa peculiar á su semblante; su pecho se levantó, produciendo un ruido semejante al estertor de un moribundo, y se dejó oir su voz ronca, estridente y cavernosa.
—¡Acércate, Djeouar! dijo al juglar.
—¡Djeouar! exclamó Wadah, levantándose como herida por un recuerdo terrible, y saliendo de la inercia á que se habia abandonado ante el delirio del judío. ¿Conoces tú á Djeouar? ¿Sábes quién es Djeouar?
La voz de la africana dejaba notar las inflexiones de la cólera, del odio, del terror; el grito que acompañó á su pregunta fué tan terrible que Absalon se levantó, miró en torno suyo con espanto y pasó las manos por su frente que devoraba la fiebre.
La sultana y el judío, de pié, frente á frente, mudos entrambos, retratada la cólera en la mirada de la una y la insensatez en la del otro, se contemplaron durante un breve espacio.
Wadah fué la primera que rompió el silencio.
—¿Conociste á Djeouar? preguntó al judío clavando su crispada mano en uno de sus hombros.
Absalon miró á la sultana de una manera estúpida, sus ojos vagaron inciertos, y se dejó caer desplomado sobre el divan.