—Yo dormia, dijo reuniendo con trabajo sus recientes recuerdos; soñaba con mi pasado... con una mujer... esa mujer era... Betsabé... sí; era Betsabé; la hija de los conjuros... la hija de Eblis... Betsabé, la hechura de Djeouar.

—Sí, sí, dijo Wadah, procurando ayudar la memoria del judío; recordabas á un hombre á quien otro, hechicero sin duda, habia llevado ante sí; á quien nombraba...

—Djeouar, es verdad, exclamó Absalon soltando una carcajada semejante á la de un niño que encuentra un objeto perdido y ansiado; Djeouar... ya me acuerdo... estaba junto al hechicero, y este le dijo:

—Acércate, Djeouar.

Djeouar, el juglar, se acercó temblando; el hechicero le contempló á su sabor.

La sultana, que hasta escuchar aquel nombre misterioso habia estado abismada en sus pensamientos, contuvo entonces el aliento, temerosa de interrumpir al judío. Este continuó:

—Te he elegido, le dijo, para confiarte un encargo mio, porque eres entre los hombres el más á propósito para llenar mis deseos.

Djeouar se inclinó y tuvo menos miedo.

—Eres ambicioso, continuó el hechicero: levantaste muy alta tu vista y pensaste ser uno de esos hombres que mandan á los demás, que los gobiernan segun su voluntad, que juegan con las vidas y con las haciendas: era la suprema felicidad. Te creiste ver en tus delirios para el porvenir, recostado en un sofá de oro y púrpura, rodeado de esclavos y de mujeres cubiertas de joyas, en un alcázar de mármol, adurmiéndote á los vapores del ópio, y mandando azotar á tus walíes como á perros, y degollar á tus vasallos como carneros; torrentes de sangre pasaron delante de tí, y entre ellos, vírgenes de ojos brillantes y bocas sonrosadas; te entregaste en demasía al halago de tus sueños, y cuando al despertar te viste pobre, miserable, impotente, expuesto á ser degollado por uno de esos hombres cuya suerte envidiabas, los aborreciste, te hiciste santon y predicaste á los miserables como tú, guerra eterna á todo lo que era dominio, á todo lo que era fuerte. La desdicha de los unos, la pobreza de los otros, la envidia de los más, fuéron para tí poderosos auxiliares, y te rebelaste contra el califa de Damasco. Pero el califa envió contra tí uno de sus eunucos y algunos esclavos, y te venció, te aprisionó y te encerró en una mazmorra. Con pretexto de castigar su traicion, gravó á sus pueblos con enormes tributos, añadió leyes bárbaras á las que hacia cumplir con harta rigidez á los suyos, y degolló, ahorcó, empaló y crucificó á los que entre ellos eran más ricos ó le inspiraban más recelos; tú debiste morir entonces, pero yo tenia proyectos acerca de tí, y te salvé por medio de mi poder sobrenatural. Una noche se abrieron las puertas de tu prision y te encontraste en el campo al aire libre, con tu saco lleno de relumbrones, tus cubiletes y tu mugriento tablero de ajedrez. Habias visto desvanecerse un sueño, pero al pasar habia dejado sus huellas en tu alma; no pudiendo dominar á los fuertes, no creyendo en el poder de la ayuda de los débiles, aborreciste á los primeros y despreciaste á los segundos; el aborrecimiento y el desprecio para con tus semejantes te hicieron egoista: el egoismo te hizo cruel.

Pero quedaban aún en tí ambiciones secundarias: tus sueños de grandeza te hicieron pesado el trabajo del pobre, y te dominó la indolencia; soñaste entonces tesoros: si no podias ser califa, podias muy bien ser rico: pero como los cubiletes, las joyas de cobre y el ajedrez, apenas te producian el dinero suficiente para un miserable alimento, meditaste otro medio más conveniente: compraste con ahorros debidos á tristes dias de hambre y privaciones, un arco y algunos venablos, y esperaste al primer transeunte. El que no habia podido ser califa, fué ladron.