Te se unieron algunos árabes de las cabilas salvajes, y no fué ya á los caminantes indefensos, sino á las caravanas, á las que acometiste; todo fué perfectamente mientras diste su parte en las presas al califa, es decir, mientras le pagaste un misterioso y vergonzoso tributo por tus latrocinios; pero un dia acometiste á una caravana que conducia presentes del califa para el schah de Persia: defendiéronlo los soldados, destrozaron á los tuyos y te sepultaron otra vez en una mazmorra. Tu primera derrota te inspiró desconfianza para con los demás hombres, y te hizo cruel: la segunda te obligó á desconfiar de tus propias fuerzas, y te hizo cobarde. El califa te mandó crucificar; pero si me habias convenido por cruel, por cobarde aumentabas en valor á mis ojos. La crueldad y la cobardía constituyen al asesino sin piedad, al hombre sin corazon. Como la vez primera, te abrí las puertas de tu encierro y te viste libre, con tu saco provisto de tus pobres recursos de subsistencia.
Mientras la ambicion y la avaricia dominaron tu corazon, durmió en él otro sentimiento, violento en tí, capaz de arrastrarte á todo: el amor; pero no el amor hijo de la naturaleza, sino un sentimiento impuro, incontrastable, devorador. Si esa hubiera sido tu única ambicion en los dias en que tu frente estaba tersa, tus ojos brillantes, tu barba negra y tu cuerpo gentil, hubieras podido hallar algunas ventajas; pero cuando buscaste el amor, tus ambiciones frustradas habian arrugado horriblemente tu rostro; tus ojos habian adquirido la repugnante expresion que distingue al traidor, y tu cuerpo se habia encorvado bajo el peso de los sufrimientos. Has perdido tu tiempo, y al fin estás ante mí con el corazon lleno de odio y el pensamiento de venganzas. Eres el hombre que necesito, y por eso te he traido hasta aquí.
—¿Y qué quieres? preguntó Djeouar al hechicero.
—¿Ves el licor que hierve en esa vasija?
—Sí.
—Encierra el bien y el mal, y en la llama que produce vamos á leer el horóscopo de un hombre que está á punto de venir á la luz.
El viejo se levantó, asió á Djeouar y le hizo mirar al Poniente á través de la llama.
—¿Qué ves? le preguntó.
—Veo una tierra fértil, contestó Djeouar, rodeada de colinas y montañas, pero no la conozco.
—Es el país de Andalus[27]; ¿no ves más?