—Sí: un pueblo sobre un monte.

—Mira aún.

—Un castillo sobre el pueblo.

—¿Y en el castillo?

—Un retrete, un divan y una mujer hermosa, rodeada de esclavas. Padece horriblemente: está próxima al alumbramiento.

El hechicero hizo entonces á Djeouar tornarse al Oriente.

—¿Qué ves?

—Veo el nacimiento del Bahr-el-Azrak, y más abajo un pueblo junto á un lago. Sobre el pueblo un alcázar; en los jardines del alcázar una mujer jóven y hermosa.

Un relámpago de pasion lució en los ojos del juglar al ver la mujer que dormia guarecida del sol bajo una enramada de jazmines en el alcázar; sus labios entreabiertos temblaban con la convulsion de la cólera, porque junto á aquella mujer habia un hombre que se extasiaba contemplando su semblante lleno de dulzura, al que un hermoso sueño, sin duda, prestaba una sonrisa purísima y satisfecha.

—Tú amas á esa mujer, observó el hechicero á Djeouar.