—¿Pero podré ser rico?

—Sí.

—¿Y tener alcázares y esclavos?

—Sí.

—¿Y el amor de Noemi?

—Sí. Pero ha llegado el momento, dijo el viejo estremeciéndose; la llama oscila, se debilita, se apaga.

Y así era verdad: la columna de fuego, tan viva pocos momentos antes, decreció hasta quedar reducida á una llama azul, indecisa y vaporosa que osciló al fin, se dilató un instante, lamió los bordes de la vasija y se evaporó perdida en la oscuridad. El hechicero habia caido con ella: Djeouar, pálido de terror, contemplaba el cadáver alumbrado por un resplandor débil emanado de la vasija donde reposaba un líquido de color de oro.

Pero la ambicion dominó los terrores del juglar, y el filtro fué vertido por él sobre el cuerpo del hechicero.

Volvió á aparecer la llama, inmensa, rugiente como un toro salvaje; primero consumió la hopalanda, luego hizo crugir las carnes, devoró los huesos, se dilató y espiró.