—Ahora bien, dijo: es preciso que yo tenga una comitiva, y vengo solo; las puertas van á abrirse y quiero entrar en la ciudad con el aparato de un príncipe.
En tanto el juglar meditaba, la aurora habia mostrado su luz en el horizonte, y los pájaros despertaban en sus nidos y entonaban al Criador su canto matutino; en los confines de las praderas se levantaba de las chozas y de los aduares un humo blanquecino, que mostraba que los habitantes del campo se preparaban á su cotidiana tarea. Por el camino que habia seguido Djeouar, se veia alzarse, entre la bruma de la mañana, una nube de polvo que avanzaba con rapidez hasta dejar percibir en medio de ella una tropa de jinetes y camellos, que se dirigia al punto donde esperaba Djeouar.
Cuando hubieron llegado, el que los acaudillaba echó pié á tierra, y prosternándose ante el juglar, le dijo:
—Nosotros somos esclavos de la calavera mágica, y hemos sabido tu deseo de tener una comitiva y un aparato dignos de un príncipe: hénos aquí.
Djeouar contó cien jinetes en los hombres que habian venido con el que estaba prosternado á sus piés: más allá, cien árabes conducian otros tantos camellos cargados de cofres y tiendas; los jinetes eran jóvenes, hermosos, robustos, ricamente ataviados y armados con espadas y lanzas; los caballos pertenecian á la raza más estimada en Arabia, y eran negros y fogosos; los esclavos que conducian los camellos, venian vestidos de blanco, color que hacia resaltar el cobrizo de su piel: todos miraban con respeto al juglar, y su caudillo estaba aún prosternado ante él.
—Levántate, le dijo Djeouar, ¿cómo te llamas?
—Yo soy el genio Zim-Zam, contestó el preguntado, y soy esclavo del talisman que posees.
—Pues bien, dijo el juglar, desde ahora eres mi walí, y te nombras Alí-Zim-Zam. ¡Alí-Zim-Zam! Haz que se armen mis tiendas, y que reposen mis camellos.
En un momento doscientas tiendas de riquísimo cuero se alzaron en la pradera á un tiro de venablo de las puertas de la ciudad: entre ellas se elevaba una de tela de seda, sobre cuya cúspide ondeaba un pendon verde. En torno de aquel real, se veian de trecho en trecho jinetes apoyados en largas lanzas guardando las avenidas; los camellos se agrupaban en el centro alrededor de la tienda del pendon verde, y dentro de ella, gozando de su reciente y magnífica fortuna, Djeouar aparecia muellemente recostado en un sofá, sobre una alfombra de la India.
Ante él, el genio Zim-Zam, esperaba de pié y en una actitud respetuosa sus órdenes.