—¿Sábes mis deseos? preguntó al genio.

—Sí, poderoso señor; contestó este, inclinándose; quieres usar de tu poder de modo que nadie vea en tí más que un hombre adornado de todos los dones que el grande Allah concede á sus protegidos.

—Es verdad. Quiero ser hermoso y jóven.

El genio sacó de entre los pliegues de su faja una planchita ovalada de plata, en cuya bañada superficie se reproducian las formas que se mostraban ante ella; y la presentó al juglar. Lo atezado de su rostro, sus profundas arrugas, sus ojos pequeños, de expresion traidora y cruel, su barba cenicienta y descompuesta y su cuerpo encorvado y miserable habian desaparecido: en cambio era un mancebo, en cuyo semblante noble brillaban dos ojos negros de sublime expresion, coronados por dos cejas perfectamente arqueadas; su frente, blanca, pálida y altiva, estaba ceñida por un chal de vivos colores, entretejido de oro; sus labios, de color de púrpura, mostraban un finísimo bigote y una barba semejante al terciopelo; su cuerpo, cubierto por un caftan de inapreciable valor, era gallardo como una palmera, fuerte como un cedro, y esbelto como el de una hermosa odalisca. Djeouar, en fin, habia pasado del extremo de la fealdad y de la miseria, á lo supremo de la hermosura y de la riqueza.

Pero su alma era la misma: revolvíanse en ella sus ambiciones, sus rencores, sus crueles venganzas. Era el mismo asesino cobarde sin dolor ni compasion. Su amor impuro guardaba, aún con más fuerza que nunca, el recuerdo de Noemi, y su odio para con el wisir Aben-Sal-Chem, habia llegado al colmo. Ni recordaba su pasado, ni pensaba en el porvenir; para él no existia más que el presente.

—¿Cuáles son mis riquezas? preguntó despues de haberse contemplado satisfecho en la plancha de plata.

El genio llegó á la puerta de la tienda, é hizo un ademan imperioso á los esclavos, que instantáneamente entraron en ella, cargados de cofres que dejaron á los piés de Djeouar. Zim-Zam los abrió uno tras otro: armaduras de guerra, dignas de un sultan; ropas de lino, finísimas cual si fueran destinadas á una mujer; caftanes, túnicas, almazares, alquiceles, fabricados con las materias á que ha dado mayor precio el capricho de los hombres; todo un tesoro en joyas y en dinero, fuéron los objetos que contestaron á la pregunta del juglar, que, obedeciendo á su avaricia, hundió sus manos con deleite entre las joyas y el dinero, los contempló, y por un momento lo olvidó todo en presencia de su tesoro.

—Yo necesito á más de esto, dijo al fin dirigiéndose al genio, el nombre de un príncipe. ¿Cómo he de nombrarme?

Zim-Zam puso en las manos de Djeouar un pergamino perfumado, del que pendia sujeto á una cinta verde, un sello grabado en un anillo de oro.

Era una carta del sultan de las Indias, que enviaba un presente al wisir Aben-Sal-Chem, y la rogaba atendiese segun su rango á su sobrino Aben-A'bd-Allah-Charyahr.