—Estoy satisfecho, dijo el juglar, guardando entre su faja el pergamino. ¿Qué gente es aquella, dijo mirando á través de la puerta de la tienda, que sale de la ciudad y viene hácia este sitio?
—Son campeadores, contestó el genio, que Aben-Sal-Chem envia para reconocer nuestro campo. Voy á recibirlos.
Zim-Zam cabalgó de un salto en su caballo, que le esperaba cerca de la tienda, hizo montar á los árabes sobrantes de la guardia del real, y se adelantó con ellos al encuentro del walí, que al frente de algunos jinetes venia de la ciudad.
Cuando estuvieron á poca distancia, Zim-Zam bajó el hierro de su lanza, sacó el pié derecho del estribo en señal de paz, y avanzó hasta el walí que le recibió del mismo modo.
—¿Quién sois, de dónde venís? preguntó el de la ciudad al genio.
—Somos esclavos de un poderoso príncipe de la India, y venimos viajando con él por el mundo. Mi señor trae un presente y una carta para tu amo el wisir Aben-Sal-Chem, y puedes llegar hasta él y escuchar palabras de amistad y paz de su boca como las escuchas de la mia.
—El Señor, Dios de Ismael, sea con tu señor y contigo, contestó el walí, pasando su lanza á la mano izquierda, y tendiendo la diestra al genio que la aceptó; llévame ante tu señor y besaré las huellas de sus piés, y llevaré su carta al magnífico wisir Aben-Sal-Chem.
El walí partió, y antes de que trascurriese una hora sintióse un gran movimiento en la ciudad; llenáronse los muros de árabes cubiertos de galas; abriéronse las puertas, y enmedio de una lucida comitiva, apareció Aben-Sal-Chem, que, separándose de los suyos, partió al galope y se adelantó al encuentro del juglar, que salia al suyo de igual modo; al encontrarse entrambos se desmontaron á un mismo tiempo, se abrazaron, y recíprocamente se besaron en la mejilla izquierda. Despues Djeouar llevó á su tienda al wisir, le hizo sentar, y le contó una historia mentirosa que justificaba su viaje, y que Aben-Sal-Chem creyó con la mayor buena fe posible.
El juglar veia acercarse el logro de sus deseos; iba á entrar rico, bello y poderoso, en una ciudad de la cual habia salido miserable, viejo, huyendo de un suplicio infame y cruel; su enemigo se entregaba en sus manos, y creia ya ver ante sí, concediéndole la sonrisa de su amor, á la hermosa Noemi.