El juglar y el wisir tornaron á cabalgar; los esclavos plegaron las tiendas, pusiéronse en movimiento jinetes y camellos, y toda aquella lucida tropa se dirigió á la ciudad á través de una multitud de curiosos.

Al llegar á la puerta, Djeouar reparó en una escarpia clavada sobre ella, y preguntó al wisir, el objeto á que estaba destinada.

—Espera la cabeza de un hombre, contestó severamente el wisir, como si aquella pregunta hubiese despertado en su memoria recuerdos desagradables.

Djeouar pareció satisfecho con aquella breve respuesta, puesto que respetó el silencio del wisir, que calló, abismado en profundas cavilaciones.

Pasaron bajo del arco de la puerta, y penetraron en las calles de la ciudad que eran anchas y mostraban hermosos edificios; llenábanlas multitud de hombres que victoreaban á Aben-Sal-Chem, y tendian sus alquiceles á los piés de su caballo para que pasase sobre ellos; algunas blancas manos, saliendo por las entreabiertas celosías, agitaban lenzuelos ó arrojaban flores. Todo demostraba que el wisir era querido por los habitantes de Dembea.

A pesar de estas demostraciones, Sal-Chem marchaba al lado del juglar triste y meditabundo.

—¿Qué castigo piensas será bastante, dijo deteniéndose de improviso y dirigiéndose á Djeouar, para castigar al hombre que ha osado penetrar en mi baño y poner su mirada en mi esposa?

—La muerte en la tierra, y la condenacion en lo profundo.

—Pues bien, repuso con furor el wisir, la muerte no será con ese hombre, que ha huido de mi poder con el auxilio sin duda de Eblis... La escarpia esperará en vano su cabeza... He consultado las estrellas por medio de astrólogos y nada han podido decirme; ofuscaba sus sentidos un poder superior. ¿Es verdad que en la India hay magos á cuyos conjuros se abre el libro del porvenir?

—Sí.