Djeouar no deseaba otra cosa que ver ante sí á Noemi; consintió, y en pos del wisir, tras haber atravesado el alcázar, entró en un gran retrete situado en el centro de una torre gigantesca.

Al fondo de él, se veia una mujer indolentemente reclinada en un divan, rodeada de flores y perfumes, escuchando el cantar de algunas esclavas, acompañado de la guzla que una de ellas tañia. Aben-Sal-Chem y Djeouar se detuvieron tras el tapiz de la puerta, para oir el siguiente romance:

Entre celajes de fuego, tras el ocaso se pone[31]

el sol, y su oscuro manto despliega la sombra informe.

El lucero de la tarde en trémulos resplandores

reverberando aparece, mensajero de la noche.

Se amengua la luz; el dia va á alumbrar á otras regiones,

y la tiniebla se extiende llenando los horizontes.

¡Bella lámpara de plata, que el firmamento recorres,

brilla siempre entre la bruma, que te envuelve en sus vapores