El judío se detuvo en este punto, como fatigado de tan larga relacion; la sultana Wadah, esperó en vano á que prosiguiese; aquella historia la interesaba en demasía, para que no procurase saberla hasta el fin; parecíale, sin embargo, un delirio de Absalon; el judío habia dado á su voz la inflexion de un canto monótono y triste; semejante al que usan los juglares en sus historias de hadas y encantamientos; por otra parte, ¿cómo Absalon recordaba no sólo los detalles más minuciosos, sino tambien los romances cantados en una historia que no era la suya?

Sin embargo, recuerdo ó delirio, verdad ó mentira, la leyenda la habia revelado un nombre conocido para ella: el nombre de Djeouar. Habia escuchado con ansiedad al judío desde que pronunció aquel nombre, y habia esperado descubrir un misterio, que tal vez era el de su existencia y el de su amor.

Pero Absalon habia dejado de hablar; retratábase en su semblante la misma expresion de dolor, que habia visto en él la sultana al levantar el tapiz del divan donde estaba aprisionado; el retrete habia sido envuelto de nuevo en el silencio más profundo.

Acercábase en tanto la hora de adohar; el sol iba á tocar el punto que marca la mitad de su carrera; la fiesta seguia, puesto que de tiempo en tiempo se escuchaba el son de trompetas y atabales; un presentimiento funesto pesaba sobre el alma de Wadah, y se unia de una manera incomprensible á la historia que habia dejado suspendida el judío.

—Es preciso acabar, dijo para sí; es preciso que este hombre hable.

Y sacudió un brazo del judío, que tornó en sí, no aterrado como la vez primera y con la insensatez pintada en sus ojos, sino de una manera natural; miró en torno suyo, y al ver á Wadah, se alzó del divan y se prosternó con respeto.

—¡Oh poderosa señora! exclamó, ¿por qué llegas hasta tu siervo en la hora de la desgracia?

Absalon no era entonces un loco. Wadah le examinó atentamente antes de responder.

—¿Qué haces aquí? le preguntó.

Absalon tembló, pero no contestó.