—Tienes miedo á esa mujer, observó la sultana; su poder te aterra, pero yo quiero que hables; es ya tarde para volver atrás; quiero saber hasta el fin la historia de Djeouar.

El judío palideció, contuvo una exclamacion que ya rebosaba de sus labios, y procurando sonreirse, contestó:

—Es verdad; habré soñado; mis sueños son extraños; quien los presenciara, me creeria despierto. ¡Djeouar!—Y el judío dilató más su singular sonrisa, que tenia algo de la expresion del espanto.—¡Era Djeouar con quien soñaba! ¡Oh! ese cuento es terrible, y desde que le oí á un anciano de mi raza, le reproduzco con frecuencia en mis sueños.

Una llamarada de cólera subió del corazon á los ojos de Wadah. Era la primera vez que, despues de muchos años, se atrevia un hombre á oponerse á sus deseos. Aquella mirada fué, sin embargo, un relámpago. Su irritacion, próxima á estallar, rodó en su corazon, expresándose en un estremecimiento espantoso.

—¿Sábes quién soy? Le preguntó la africana con voz breve y acentuada.

—Sí, poderosa sultana, lo sé.

—¿Sábes mi nombre?

—¿Acaso me he atrevido á desear conocerlo? repuso vivamente el judío, cuyo semblante pálido iba tornándose en lívido, al par que el de Wadah se enrojecia.

—¡Oh! ¡tan olvidadizo es el señor, que no recuerda el nombre de su esclava!...

El judío miró con asombro á la africana.