—Yo en cambio, añadió esta, nada he olvidado. Te ví entrar un dia en el alcázar del rey, y te reconocí á pesar de haber trascurrido 15 años desde la época en que nos separamos. Venias á presentar al magnífico Ebn-Al-Hhamar, mi esposo, una bellísima esclava. Pero no halló gracia en el rey, y volviste con ella á tu casa á donde te hice seguir. Aquella misma noche yo, cubierta con un velo, llamé á tu puerta, ví á la esclava, y te la compré para un jóven, que al dia siguiente pasó, por instigacion mia, bajo tus miradores, y vió á Betsabé. Tú hiciste lo demás. No me habias reconocido más que como la esposa del rey, y adivinaste que yo debia tener un gran interés cuando exponia la paz de mi vida yendo á buscarte á tu casa; creiste haber penetrado mi secreto; te habia dejado traslucir que yo necesitaba un objeto bastante poderoso para arrastrar al príncipe Juzef á una lucha. Pero esa lucha ¡insensato! no debia ser contra su padre el rey Al-Hhamar, á quien amo con toda la fuerza de mi amor; debia ser contra el príncipe Mohamet, por quien siento mi corazon rebosando odio. Ayer Betsabé era esclava, hoy está libre y quiere ser reina.
El judío sufria toda la influencia de un terror pánico; su corazon le decia que aquella mujer tan hermosa podia para él ser la muerte; para él, miserable, que se estremecia al pensar en el no ser, porque á pesar de su impotencia, aún no le habia abandonado ese sueño tenaz que se llama esperanza, y que acompaña al hombre hasta la agonía. El espanto erizaba sus cabellos, porque en el semblante de aquella mujer habia empezado á leer con trabajo una historia, como se lee una inscripcion, cuyos caractéres han sido alterados por el tiempo, porque cada período de la vida de Wadah, habia dado una expresion á su semblante: cuando sólo contaba 12 años y salia del alcázar de Cairvan para recorrer las selvas sobre su caballo salvaje, era una niña pura, candorosa, en cuyos hermosos ojos negros se notaba la dulce melancolía causada por las primeras y misteriosas sensaciones de un amor sin objeto; despues cuando vió correr ante sí la sangre del hombre á quien habia abierto su alma de vírgen, el dolor, el despecho y la vergüenza de un castigo, tal vez injusto, cubrió su frente, tan tersa y tranquila antes, con una nube sombría, que revelaba en ella una ilusion marchita, y el primer impulso de venganza; pensando en su desagravio, ocultando sus padecimientos por orgullo, se hizo reservada, cruel, suspicaz; la franca sonrisa de su boca desapareció, para dar lugar á otra afectada, y tras la cual un observador hubiera encontrado siempre la amargura de un alma contrariada en sus más queridas sensaciones. Entonces contaba 15 años. Desde aquella época habia dejado de verla Absalon, y en los otros 15 años que trascurrieron hasta el dia en que, llegando el judío á Granada, pudo verla junto al rey, en las fiestas y en las monterías tan frecuentes en aquel tiempo, nada en la sultana despertó sus recuerdos, ni cuando una noche se presentó en su casa para comprar á Betsabé, vió en ella más que la esposa del rey, ante cuyas plantas se prosternó, para escuchar las órdenes que respecto á la conducta que debia seguir en los amores del príncipe con la esclava, salieron breves é imperiosas de los labios de Wadah.
Y no era posible que la hubiese reconocido: la sultana no era la mujer esbelta, aérea, semejante á una sílfide como 15 años atrás: era más hermosa, sí; sus formas se habian desarrollado, su hermosura habia llegado al colmo, sus ojos habian adquirido la expresion peculiar que la costumbre de ser obedecida á la primera indicacion da á la mirada de una reina; Wadah, en fin, se habia trasformado en gran manera; sin embargo, Absalon, cuya atencion habia despertado los acontecimientos del momento, creyó reconocer aquella mirada límpida, penetrante, imperiosa: creyó ver levantarse otra mujer entre la niebla de sus lejanos recuerdos; pero dudó, y calló.
—¡Oh! yo no te he olvidado, Absalon, repitió la sultana, en cuya voz se notaba una inflexion de amenaza, no he olvidado las humillaciones que he debido á tu sórdida avaricia; entonces era tu esclava, como ahora tu señora; entonces estaba sujeta á tu poder como tú lo estás al mio. ¿Cuál piensas seria tu suerte si yo dijese á mi amado: señor, el hombre que maltrata á la que tú llamas luz de tus ojos, está en tu ciudad; tu siervo es, el que por una infamia fué mi señor, y yo quiero su cabeza?
Absalon era cobarde, y creyó sentir ya en su cuello el filo del fatal alfanje; una angustia mortal y un decaimiento extremo eran las señales que, pintadas en su rostro, respondian de su padecimiento; á pesar de esto continuó en su obstinado silencio.
—¡Hablarás! gritó Wadah con voz sombría desnudando un puñal con mango de oro, y apoyando su aguda punta en el seno del judío.
Este dió un grito, saltó del divan, y quiso huir, pero cayó contenido por la cadena de oro que le aprisionaba como á Betsabé.
—¡Oh, qué es esto! exclamó Wadah, viendo la cadena cubierta de signos cabalísticos, que hasta entonces habia estado oculta bajo la hopalanda del judío; ¿quién te ha sujetado de esa manera? Luego aquí vuela un poder superior que tú con tu ciencia y tu maldad no puedes contrarestar. ¿Con que está maldito todo cuanto me rodea?
—Esa mujer es la muerte, dijo profundamente el judío, esa mujer es la condenacion.
—¡Pues bien! ¡la historia de esa mujer! ¡la de Djeouar! ¡la de Noemi!... ó tu vida.